Opinión

Dos tipos de cuidado

Miguel Ángel Mancera y Alfonso Navarrete Prida han forjado un dueto singular entonando loas a favor de aumentar significativamente el salario mínimo. Hasta parece que el gobernante del PRD y el funcionario del PRI se han puesto de acuerdo en un canto potencialmente desastroso para la economía nacional.

Mancera ha sido el más arrojado, quizá porque el tema escapa por completo a la esfera de su autoridad. Puede, pues, decir barbaridades (y lo hace) sin que ello lo obligue a ponerlas en práctica. En un paroxismo de analfabetismo económico, ha propuesto aumentar el minisalario de 67.29 pesos diarios a 171 pesos, un incremento de 154.1 por ciento. Ha convocado, faltaba más, a esa figura tan amada por los políticos y por Alfonso Cuarón: un “debate nacional” sobre el tema. La Cepal, peculiarmente, ha apoyado dicha idea.

Puede que el líder capitalino haya encontrado en dicha propuesta un escape mental a cuestiones como la Línea 12 del Metro o las lluvias que transforman avenidas en canales como los que cruzaban la Gran Tenochtitlán. Sin embargo, Navarrete Prida debería ser más cuidadoso, después de todo ocupa la cartera ministerial de Trabajo y Previsión Social. Desde ahí realmente puede causar problemas bajo la errónea creencia de que ello lo faculta para determinar salarios.

El otrora Procurador de Justicia del Estado de México, un experto penalista, muestra un singular afán de someter a la economía por decreto. Lo hizo el año pasado por medio de inspecciones laborales a empresas, buscando obligar a sus dueños a registrar a trabajadores en el sector formal. Bajo la peculiar presunción de que un trabajador afiliado al IMSS se vuelve más productivo, lanzó el Programa para la Formalización del Empleo 2013 (que al menos tuvo la virtud de no reeditar este año).

En una nueva confusión sobre causa y efecto, ahora Navarrete explica que el salario mínimo no aumenta porque está atado. Dice que con multas, sanciones y pagos administrativos denominados en minisalarios, por eso se rezaga. Aparte de quitarle esas trabas (una pesadilla legal), propone nada menos que “desvincularlo” de la inflación. Los incrementos a dicho salario, considera, deben estar más relacionados con la productividad de las empresas. Parece ignorar que el salario mínimo es (la palabra no es casual) precisamente un mínimo, que de hecho premia al improductivo, no castiga al productivo (lo que ocurriría con un salario máximo). En pocas palabras, el titular de la STPS anda todo enrevesado con el tema. Tampoco piensa, al parecer, que aumentarlo significativamente puede llevar a que algunos empresarios pasen a trabajadores a la informalidad.

Tanto Mancera como Navarrete no se cansan de citar el deterioro del salario mínimo desde 1976. Ello es correcto, pero la proporción de la población trabajadora que percibía un salario mínimo o menos era mucho más elevada hace cuatro décadas. En otras palabras, la relevancia del mínimo como el salario que percibe parte de la población ha ido, también, colapsándose con el tiempo.

Mancera al parecer carece de voces que lo ubiquen en la realidad. Navarrete, en cambio, haría bien en hablar del tema con Luis Videgaray o Agustín Carstens (que no sea en un desayuno, para evitar posibles indigestiones). Ojalá entienda que no es cuestión de leyes o decretos: los aumentos salariales por encima de la productividad traen inflación, punto (hablando en términos monetarios, provocan una mayor oferta que demanda de dinero).

Y un aumento salarial que decreta el gobierno es una señal para otras negociaciones que tendrán esa cifra como referencia. No hay, pues, forma de “desvincularlo” por más que uno quiera. Pero el dueto al parecer no entiende mucho de realidades, y la tonada es peligrosa.

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