Opinión

Dos santos

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó la noticia en sus periódicos. En una ceremonia sin precedentes, dos Papas fueron declarados santos, Juan Pablo II y Juan XXIII. Su Santidad, el Papa Francisco, informó al mundo de este acontecimiento con palabras que a Gamés le inspiraron en su interior algo parecido al miedo, con su autoridad ancestral: “declaramos benditos y definimos que Juan XXIII y Juan Pablo II sean santos y los incluimos entre los santos decretando que sean venerados de esa manera por toda la iglesia”.

La Plaza de San Pedro fue ocupada (ah, la voz pasiva) por 800 mil fieles que celebraron a los flamantes santos. El Papa retirado, Benedicto XVI apareció sentado junto a los Cardenales. Gil sufrió un sobresalto cuando supo que las reliquias de los santos consistieron en una ampolleta de sangre de Juan Pablo II y una pedazo de un pie de Juan XXIII que le fue rebanado (más pasivos) durante una exhumación. De golpe y porrazo, un regreso a la oscuridad, al pasado, al tiempo en que se limpiaban los calabozos con el trapo de la razón.

La costarricense Floribeth Mora, que logró la milagrosa curación de una enfermedad gracias a la mano santa de Juan Pablo II, llevaba la sangre del Papa Peregrino y el pedazo del pie de Juan XXII lo traía consigo un sobrino de Juan. Banderas, estandartes, lágrimas de gratitud, conmociones piadosas, los medios del mundo occidental informando a diestra y siniestra de los nuevos santos. Afirman los trascendidos que los restos de don Jesús Reyes Heroles dieron un vuelco de rabia y que los fantasmas de los liberales del siglo XIX mexicano arrastraron las cadenas de su coraje. Caracho con los santos.

Los enterados de la alta política vaticana han explicado que se canonizó a dos Papas opuestos. De un lado, Juan Pablo II, el Papa que no tocó a los sacerdotes abusadores y no corrigió la corrupción en la curia Vaticana; del otro, Juan XXIII, el hombre del Concilio Vaticano, cuando la iglesia católica se puso al día. Serán el sereno y los santos, la tolerancia y la pluralidad, pero Gamés vomita a los curas.

El Papa Francisco dijo esto en la Plaza de San Pedro: “Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar a la Iglesia”. Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: anjá, la restauración incluyó a los legionarios de Cristo y al Padre Maciel. Según la nota de su periódico Reforma, 2 mil 259 periodistas de todos el mundo cubrieron el acto frente a dos enormes tapices con las imágenes de sus santidades.

Mientras el Papa Francisco desfilaba en el Papamóvil, en Madrid ocurría un milagro. Un motociclista detuvo el tránsito en el periférico madrileño. La policía le preguntó si se le había descompuesto la motocicleta y el piloto les dijo: “No, es que he estornudado y se me ha caído la dentadura postiza y la estoy buscando”. Gil cree que un día el Papa Francisco será canonizado por este milagro. Minutos después de ese incidente, el motociclista detuvo de nuevo el tránsito frente a la Plaza de Toros de Las Ventas y luego se le vio alejarse del lugar. ¿No es un milagro? Gamés sabe de buena fuente que el motociclista encontró su dentadura mientras canonizaban a Juan y a Juan Pablo.

Este milagro madrileño (mi-ma) es de gran envergadura (gran palabra) y nada se le compara, su originalidad simplemente está a la altura de la multiplicación de los panes. Los milagros se dividen en curaciones, exorcismos, resurrección de los muertos y control sobre la naturaleza. Pues bien, hay que agregar una nueva clasificación: control definitivo sobre el periférico madrileño y la aparición de dentaduras postizas en España.

Gamés felicita a los católicos por sus nuevos santos y les desea milagros de fuste y fusta. Nadie duda de que en compañía de estas santidades los demonios serán expulsados (esto ha sido un orgía de la voz pasiva). Si ven a la hija del Jairo, la saludan de parte de Gilga. Para los laicos: Jairo fue un hombre que vio sanar a una mujer condenada a la muerte y resucitar a una niña. ¿Cómo la ven? Sin albur.

La máxima de Albert Einstein espetó dentro del ático: “Hay dos formas de vivir la vida: una, como si nada fuera un milagro; la otra, como si todo fuera un milagro”.

Gil s’en va

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