Opinión

Dos regalazos de 2014

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A principios de año, Amazon bloqueó la distribución de los libros de Hachette en medio de la disputa que sostenían. (Reuters)

Para Dolores Bravo.

Uno. La primera capa geológica de mi biblioteca data de la frontera entre los 50’s y los 60’s del siglo pasado (siempre y cuando, en verdad ya haya pasado, porque tengo mis dudas). Dispersa entre CU, Taxco, Santa Rita Tlahuapan y un estudio de San Jerónimo; por lustros la di por perdida, ociosa, inmanejable. Un deslizamiento del alma, como de 9 grados, con réplicas y toda la cosa, me la devolvió, quién iba a decirlo, tesoro, caja de sorpresas (ahí afloró, cuarenta años más tarde, la autobiografía de Manuel Rivera Silva, una biografía de la generación de la revista Barandal).

Dos. No es muy grande, no del tipo de las que acumularon dos jalisquillos (el segundo de adopción), José Luis Martínez y Alí Chumacero (la de Alfonso Reyes, ahora en Monterrey, no sé por qué nunca me prendió; su archivo, sí). Pero, no obstante, la mía abunda en marcas, indicios, huellas de la época(s). Borgesmanía, Carlos Fuentes rockstar, el Boom¡, Guzmán rejuvenecido en los 70’s, la Industria de la Conciencia, Marcuse, Enzensberger, Ramírez el psicólogo de lo mexicano, contracultura, cultura Pop, Vietnam, el 68 de aquí con reticencias que crecen, Paz manumitido de la alta burocracia, la maestría poética del último Torres Bodet, Arreola y Monterroso tocados por la Gracia, los BB Benjanín y Berlin, el infecundo revisionismo de la Revolufia, la corriente iconoclasta capitaneada por Monsi, pero nadita nadita del Crac. Etcétera y etcétera.

Tres. Otro hábito de última hora es la lectura plena, morosa, no a trechos y trompicones, en Casa Jacaranda de Taxco, Guerreo Mártir. No apurada por el acuse de recibo crítico, sino la fruición. Acompasada por paseos turísticos (a veces la hago de guía), idas al mercado, recorridos de templos que no se acomplejan ante santa Prisca, prodigio barroco, espectaculares amaneceres y atardeceres de montañoso Real de Minas. Bajo ese régimen salutífero y emocionante (¿en qué pagina me quedé?), me despaché, a la cabeza de la lista, Blanco trópico y ¿Dónde estás corazón? De la autoría, respectivamente, de Adrián Curiel Rivera, narrador tempranamente excepcional, hijo mío; y de Beatriz Espejo, consumada narradora, amiga y confidente, mi colega en el Instituto de Investigaciones Filológicas. Dos regalazos del año pasado.

Cuatro. No me apura confesar que, en el ancestral proceso de las patrias letras, elijo a, y me afano en, el periodo moderno y contemporáneo: la de Independencia para acá. Manes de mi ideología anarcoliberal (dice a-n-a-r-c-o) y, contradictoriamente, de mi proclividad al Poder: me alela la aventura de emancipación (primero política, a la postre mental) de Nueva España. No más Colonia de una Metrópoli Europea, la de menos luces por cierto, pero con las que nos sella una historia y una lengua comunes.

Cinco. De directas resonancias me resultó Blanco trópico, Novela de campus universitario del siglo XX, de Educación sentimental a contrapelo, de castigada y deslumbrante prosa; de aprendizaje y revelaciones, ¿Dónde estás, corazón? Privilegiado testigo de la hechura de la novela de Adrián Curiel Rivera, no me sorprendió la cauda de buena crítica que ha levantado. La novela de Beatriz Espejo, al parejo de una redonda antología de textos novohispanos que publicará la Biblioteca del Estudiante Universitario; me ilustran sobre aquel México que, eso sí lo sabía, no tuvo nada de estático o aburrido. Más bien a su modo excitante. Así lo testimonia la novela de Espejo.

Seis. Con diferencia de siglos, debo decirlo, me llama no obstante la atención la coincidencia claustral de ambas novelas, Orden laica, en un caso, y sus ritos. Orden religiosa, y sus ritos en el otro. Mera impresión, lo reconozco. Si bien, mientras en Blanco trópico el tono se llama humor cuando no sarcasmo, en ¿Dónde estás, corazón?, la tonalidad es la del réquiem. Mera impresión, también. Pero me pregunto si la autora no ha pensado en una adaptación, que yo sugiero radiofónica, por el protagonismo de la música en naves y mundos interiores, presos.

Siete. Despliega, Beatriz Espejo, además del dominio de la pluma (y computadora, supongo), un barroquismo que no frena a lectura, la empuja, y un agudo conocimiento anticuario (si no erudito) novohispano. Mundo, demonio y carne, galas, fanatismos, renuncias, mobiliarios, guisos; trasladados al mundo singular, singularísimo, del Convento.

Ocho. Por cierto, impresionado por la geografía y anatomía conventuales, me pregunté, tic turístico, por sus vestigios locales. Aunque de hondas raíces coloniales, en Taxco, reparé, el único Convento que la rifa es el Ex.-Convento de San Bernardino de Siena, que da nombre a un amplio barrio. Y mientras una placa recuerda que en su fábrica pernoctó Agustín de Iturbide, camino al encuentro con mi paisa Vicente Guerrero, en Acatempan, en su atrio, cada Semana Santa, se escenifica el descendimiento de la cruz y el arranque de la procesión del Santo Entierro. Procesión sobrecogedora. Una momento del siglo XVIII reencarnado en calles que en esencia son las mismas.

Nueve. No escatimaré al lector su propio descubrimiento de trama, personajes inolvidables desenlaces, incidentes y subtextos de ninguna de las dos novelas que pondero. En lo personal, y agradezco las dedicatorias que ya atesoro, dos notables obsequios literarios, Dos regalazos del 2014.

Año, el de 2014, que sólo lo terminaremos de digerir si lo esclarecemos hasta su fondo profundo, empezando por la noche del 26 y el madruga del 27, ambos de septiembre. Que la verdad oficial de lo ocurrido con tanto muerto no deje, ni por pienso, hilos sueltos. La responsabilidad del entorno político, horno para bollos. La irresponsabilidad del PRD. La reducción de todo un Estado de la República, a un puerto, Acapulco, ganancia de unos cuentos sectores, fantasía paradisíaca chilanga. El joven desollado. El papel, pasivo, activo, de una Policía Federal monitora de carretera y de dos batallones de las fuerzas armadas. Se habla de más de una balacera y de un operativo narco-policial de varias horas.

Porque eso de pasar la página, ahí muere, trascender, borrón y cuenta nueva, semeja chiflido infantil en la oscuridad.

Una oscuridad que se asienta y adensa y todo lo va cubriendo.

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