Opinión

Dos Méxicos posibles

 
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Los dirigentes de las secciones 9, 18 y 22 de la CNTE anunciaron movilizaciones en apoyo a los maestros de la CETEG. (Cuartoscuro)

Actúa de tal manera que la máxima de tu acción pueda convertirse en ley universal. Esta es la fórmula suprema del imperativo categórico propuesto por Inmanuel Kant (Königsberg, [Prusia] 1724-1804).

El imperativo categórico tiene su raíz en el cumplimiento del deber por el deber mismo, sin intenciones o intereses posteriores, y se opone al imperativo hipotético, que condiciona la buena acción a un resultado concreto, por ejemplo, “si actúas bien, obtendrás prestigio”.

Sólo cumpliendo el deber por el deber mismo, según el filósofo, la acción humana adquiere valor moral.

Ante la dificultad de llegar a un acuerdo respecto del deber y de lo moral, Kant ofrece la fórmula con que da inicio este texto y que es conveniente repetir: actúa de tal manera que la máxima de tu acción pueda convertirse en ley universal.

Expondré mi versión, de la que, desde luego, no es responsable el señor Kant:

Para evaluar la moralidad de una acción humana, basta con llevarla al máximo, es decir, imaginar qué pasaría si todos hicieran lo mismo.

¿Qué pasaría en México si todos los individuos o todos los movimientos sociales realizaran bloqueos, dañaran propiedad privada, incendiaran oficinas, retuvieran a personas o extorsionaran a los automovilistas, como lo hacen los integrantes de la CETEG o de la CNTE, para hacer valer sus exigencias?

¿Qué sucedería si todos los maestros del país faltaran a clases 100 días cada año?

¿Qué ocurriría si todos los juzgadores dictaran como sentencia un castigo equivalente a 10 por ciento del monto robado o del daño causado, como lo acaban de hacer los magistrados de la Sala Especializada del Tribunal Electoral Federal al sancionar al Partido Verde con una suspensión de sus spots durante siete días por haber transmitido esos mensajes durante 90 días fuera de la ley?

¿Qué pasaría si todos los servidores públicos exigieran “su parte” para asignar cada obra?

¿Qué sucedería si todos los que se forman en una fila para realizar un trámite o comprar un boleto se colaran fraudulentamente a los primeros lugares?

¿Qué ocurriría si todos los automovilistas arrojaran basura en las calles o se pasaran los altos?

¿Qué pasaría si todos los elegidos a un puesto de elección popular abandonaran sus cargos para ir tras posición política?

¿Qué sucedería si todos los individuos dirimieran sus diferencias mediante ejecuciones?

¿Qué ocurriría si todos secuestráramos, robáramos o traficáramos?

¿Ya vio usted el caos? Nos salvamos de este desastre no por los que sí actúan así, sino por los que no lo hacen y que afortunadamente son mayoría. Son esos millones y millones los que sostienen el equilibrio de la relación social. Y lo hacen a pesar de que en México campea la impunidad.

Pero si sigue premiándose el delito, si sigue percibiéndose al abusivo como listillo y al ladrón como astuto; si continúa el sacrificio de los derechos de todos por la presión de los violentos; si se considera buen político al oportunista y se otorga admiración al corrupto, podemos acercarnos a un escenario catastrófico.

La impunidad reinante puede parecerle deleznable a la persona con principios, pero puede confundir al frágil, que quizá concluya que es más benéfico y barato vulnerar los derechos ajenos que respetarlos, que es mejor transgredir la ley porque no habrá castigo o éste será ridículo, que es más lucrativo corromper y corromperse que cumplir honestamente sus responsabilidades.

¿Qué pasaría si todos estudiáramos, trabajáramos y fuéramos solidarios con los menos afortunados; si se sancionara puntual y proporcionalmente al abusivo y al transgresor de la ley; si expusiéramos nuestra demandas respetando el derecho de terceros; nos dedicáramos a construir y acatáramos el marco legal o impulsáramos los cambios necesarios con la fuerza de la razón?

En los extremos, hay dos Méxicos posibles, ambos resultado de la acción cotidiana de cada uno y de todos. Parece utópico y, sin embargo, es viable: podemos tener el país que queremos, pero hay que asumir la porción del esfuerzo y el trabajo que a cada quien corresponde, esto es, actuar de tal manera que la máxima de nuestras acciones pueda convertirse en ley universal.

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