Opinión

Dos fuegos

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Durante el enfrentamiento los maestros destrozaron un camión y documentos de la policía. (Cuartoscuro)

En Chiapas, los miembros de la CNTE (ya no les diré maestros), tomaron un autobús y lo lanzaron contra la Policía Federal para romper una barrera establecida para permitir la aplicación de las evaluaciones que tienen que realizarse, y que la CNTE no acepta. No es la primera vez que miembros de esta organización lanzan un autobús contra policías. Lo mismo hicieron en febrero sus colegas de Guerrero. Y en ambos casos, muere una persona, que coincidentemente se identifica como parte de la Coordinadora. Y también en ambos casos, los revoltosos culpan a la Policía. Por otro lado, en Michoacán fueron detenidos 52 normalistas, de la normal rural de Tiripetío, que llevaban consigo bombas caseras (molotov, se les suele llamar) con material de dispersión (clavos, balines, etcétera).

Estos grupos dicen luchar por la justicia social, pero en realidad son grupos adoctrinados, que se mantienen unidos gracias a los privilegios que por décadas han recibido de parte de un gobierno que alguna vez los consideró necesarios. Como es sabido, o debería serlo, las normales rurales de México están controladas por la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México al menos desde hace cincuenta años (tanto Arturo Gámiz, el atacante del Cuartel Madera, como Lucio Cabañas, formaron parte de ese agrupación), y se dedican a preparar cuadros para la revolución que instaurará, un día, un régimen comunista en México. Puede sonar absurdo, pero eso creen, y a eso se dedican. Tal vez más absurdo sea que el gobierno financie de diversas formas a grupos que explícitamente se proponen su derrocamiento.

No creo que exista ninguna razón para mantener abiertas las normales rurales. Cubren a menos de 5.0 por ciento de la población normalista del país, no se destacan por sus conocimientos, y se entrenan para derrocar al gobierno. Tampoco creo que haya mucha defensa para la CNTE, que aunque tenga a su interior a personas de vocación y calificación indudable, como organización funciona como grupo de choque dedicado a extraer rentas.

Pero el problema no es tan simple como parecería por los párrafos anteriores. Del otro lado, lo que tenemos son grupos policiales de muy poca calificación y dudosa honradez. Ejemplo reciente: fueron muertos dos ladrones en el centro comercial Interlomas de la ciudad de México. Ambos eran, según los medios, policías judiciales en activo del mismo DF. Y no creo que sea necesario recordar que quienes asesinaron a los estudiantes de Ayotzinapa en Iguala eran policías municipales, de ese lugar y de Cocula. Ni creo que debamos extendernos en los múltiples ejemplos de la Policía de Acapulco y su cobertura al crimen organizado.

Es la herencia del viejo régimen. No debemos olvidar que éste se construyó creando grupos corporativos que le permitían control social a cambio de prebendas, y que esos grupos ocuparon buena parte del espectro político pero que privilegiaron la izquierda, por el discurso revolucionario que lo legitimaba. De ahí nos vienen los sindicatos que siguen usando esos discursos, ya totalmente anacrónicos, pero que con todo cinismo se dedican a extraernos recursos. Por eso es tan difícil resolver problemas presupuestales.

Pero también de ese régimen nos llegan cuerpos policiales construidos para el control social, y no para la salvaguarda de la seguridad de los ciudadanos. Y por eso nos es tan complicado enfrentar al crimen organizado, que en muchas partes es indistinguible de esos cuerpos policiales. Los ciudadanos estamos a dos fuegos. De un lado, quienes deberían protegernos; del otro, quienes deberían educarnos. Ambos dedicados a saquearnos y ambos intentando acabar con el gobierno (que les dio vida). Una ópera bufa y trágica, si las hubiese.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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