Opinión

Dos décadas después

Como nos fue recordado hasta el cansancio en los últimos días, el pasado domingo se cumplieron 20 años del asesinato del entonces candidato presidencial del PRI Luis Donaldo Colosio, en Lomas Taurinas de Tijuana. Transcurridas ya dos décadas desde ese homicidio que sacudió al país, es un hecho que ese nombre y el trágico acontecimiento hoy nada dicen a la nueva generación de mexicanos.

Así quedó de manifiesto hace apenas algunas semanas, cuando las noticias dieron cuenta de una invitación oficial impresa hecha circular por el comité estatal priista de Veracruz, a un acto en homenaje a “Don Aldo Colosio”. El incidente, es decir, la ingenua equivocación hasta en el nombre de quien se considera un prócer del propio priismo, parece como de broma, chusco, pero fue algo rigurosamente cierto. Y además no desmentido.

En notorio contraste, la anterior generación a la actual jamás podrá olvidar aquella tarde-noche, de la que ya se han cumplido dos décadas, cuando con grande y generalizado estupor todos nos enteramos del atentado sufrido ese día por Colosio y que finalmente le costó la vida. En más de un sentido nadie lo podía creer.

En primer lugar, increíble por tratarse de quien se trataba. Por los tiempos que entonces corrían, se trataba nada menos que del seguro próximo Presidente de la República, con todo lo que en aquella época hoy en apariencia tan lejana, aun con el regreso del PRI, representaba la figura presidencial.

Pero también increíble porque ante la vista de una enorme multitud se había cometido el homicidio, y sin embargo quedaban muchas dudas. Dudas hasta con respecto a cómo, a pesar de los cientos de ojos presentes, se había llevado a cabo la acción material mediante la cual se consumó el asesinato.

Desde el principio, dígase lo que se diga, el grueso de la opinión pública consideró que se trató de una conspiración. Es decir, de un homicidio cuidadosamente tramado con la participación de dos o más actores, tanto en la planeación o autoría intelectual como en la ejecución material del delito en sí, con un propósito perfectamente determinado. Desde su inicio, ese año de 1994 fue terriblemente aciago. Empezó desde su primer día, ya para entonces “destapado” el candidato oficial a la Presidencia, con la noticia bomba del levantamiento armado en Chiapas, con hechos sangrientos que fueron objeto de amplísima difusión.

Esos acontecimientos curiosamente se entrelazaron con el jaloneó que provocó el entonces sí influyente (digamos para el caso “trascendente”) Manuel Camacho Solís, abiertamente inconforme con la designación de Colosio como candidato presidencial. Este conflicto interno, extrañísimo en la rígida disciplina priista, tuvo diversas y notorias manifestaciones a lo largo de poco más de 100 días, las cuales provocaron confusión y enturbiaron notoriamente el ambiente político. Al tiempo que debilitaron la figura de Colosio y desinflaron su campaña, que de hecho nunca despegó. En esa electrizada atmósfera, se presentía que todo podía ocurrir. Aun lo peor. Que en efecto sucedió.

Lo demás es historia con datos que no cuadran, inverosímiles otros, contradicciones y hasta francas tomaduras de pelo (lástima que el espacio no alcance para dar cuenta de éstas), todo lo cual hizo que la opinión pública, desde el principio, se formara una idea, con la que se quedó sobre esta tragedia. Aparentemente para siempre.