Opinión

Dos años y faltan cuatro más

Los mexicanos queremos dos cosas…y después todo lo demás: empleos dignos, y seguridad en nuestras personas y nuestros bienes. Después podemos exigir, con razón, educación de calidad para todos, abatimiento de la impunidad y corrupción, reducción de la pobreza y la desigualdad, y otros más que forman una larga lista.

Si no crece la economía y por tanto no se generan los empleos dignos a los que tenemos derecho, los desempleados, entre ellos los llamados “ninis”, son presa fácil del crimen organizado y con ello el incremento de la violencia. Tan fácil y tan peligroso como esto.

Los empleos que se generan dentro de una economía estancada son precarios y de ahí que el 56% de ellos estén entre tres salarios mínimos o menos. Sueldos, en su rango bajo, absolutamente insuficientes para sostener con dignidad a una familia.

Años, muchos años -¿Más de 20?- que la economía crece alrededor de un 2% anual, cuando lo que necesitamos es un crecimiento por arriba del 5%. Así fue durante el llamado “desarrollo estabilizador”, allá por la época de los 50s y de los 60s, en donde a partir de la devaluación del peso mexicano decretada por Adolfo Ruiz Cortínez - un magnífico presidente al que la historia no le ha hecho justicia y que tuvo la cualidad, entre otras, de ser honesto- se logró un crecimiento sostenido que provocó que se hablara del “milagro mexicano”.

¡Qué lejos estamos de aquello! Crecimiento insuficiente y corrupción rampante, capaces de impulsar una violencia como nunca la habíamos sufrido y que obliga a muchos mexicanos a guarecerse atrás de las rejas de su casa mientras los malos andan sueltos. Así encontré a Tamaulipas ahora que estuve en Ciudad Victoria invitado a impartir unas pláticas a empresarios y a jóvenes universitarios.

Enrique Peña Nieto comenzó bien su gestión al anunciar el Pacto por México que recoge las inquietudes de los mexicanos y define acciones para atenderlas. Bien, muy bien por ese arranque y ese Pacto cuya esencia tomó, sin darle crédito, del Acuerdo Nacional propuesto por miles de mexicanos durante varios años, a través del movimiento denominado “México a Debate”.

“El prometer no empobrece, cumplir es lo que aniquila”, reza un proverbio mexicano. Y lo que tenemos hasta ahora son las promesas de ese Pacto, pero lejos estamos de las realizaciones, particularmente de las dos más sentidas por los mexicanos anunciadas arriba: empleos dignos y seguridad en nuestras personas y nuestros bienes.

Crecimiento raquítico el primer año de gobierno, alrededor del 1.1% y otro año, el actual, en el que quizás alcancemos un magro 2.2% si bien nos va. Los mexicanos, la mayor parte, queremos realidades más que promesas y éstas son nuestras realidades, mismas que hacen caer la popularidad de Enrique Peña Nieto por debajo del 50%, lo que no habíamos visto desde hace muchos años.

A pesar de lo anterior, manifiesto mi optimismo. Optimismo basado en el arranque de las once reformas de gran calado que ha puesto en marcha el presidente y cuyos frutos empezaremos a ver, aunque lentamente, a partir del tercer año de su gestión. La reforma energética, la madre de todas las reformas, es la que más tiempo tomará, pero la que mayores frutos promete. El esquema anterior -un Pemex anquilosado atrapado en las fauces de un sindicato corrupto, del crimen organizado que se abastece de sus ductos, y de una Secretaría de Hacienda que le quita todas sus utilidades y más- no soportaba más. La reforma energética es una reforma valiente, muy valiente, que nadie antes se había atrevido a llevar a cabo… pero que se necesitaba y sigue necesitándose. Las inversiones en el ya anunciado nuevo aeropuerto contribuirán, sin duda, a generar más y mejores empleos, al menos, eso esperamos.

En el momento en que logremos el ansiado crecimiento económico –y las reformas propuestas van tras ello- y mediante la presión de la sociedad se logre abatir la inmensa corrupción e impunidad que padecemos, semilla indiscutible de la inseguridad, México empezará a cambiar y a cambiar en serio. Luchemos los mexicanos, cada uno desde su trinchera, por alcanzar estos propósitos. Continuemos con la crítica, una crítica sistemática y constructiva orientada a las propuestas y vigilemos que éstas se acepten y cumplan ¡Que no se queden en promesas, sólo en promesas incumplidas, de las cuales ya estamos cansados! Nuestro potencial es enorme y de nosotros depende el alcanzarlo.