Opinión

Dos años, el desafío

Enrique Peña Nieto consiguió ya un lugar distintivo en la historia de México. El que ha logrado hasta ahora, consiste en su rol como impulsor, constructor y facilitador de los acuerdos políticos necesarios para promover el vigoroso paquete de reformas estructurales. 11 reformas, de las cuales por lo menos seis, son de “gran calado” como afirman los especialistas legislativos.

Para algunos de sus seguidores “ya cumplió”, ya sentó las bases para una transformación de fondo. Lo que venga después será obra y trabajo de muchos sectores: el privado, los trabajadores, los inversionistas y muchos más.

Es oportuno señalar la destacada relevancia que “la autoridad”, encarnada en este caso por el gobierno federal, desempeñará en la etapa que sigue. La consolidación de las reformas dependerá en buena medida de la capacidad de las dependencias gubernamentales de conducir el proceso, vigilar la transparencia, promover los equilibrios, incentivar los sectores, pero por encima de todo, defender a toda costa el interés nacional.

Y este rubro con frecuencia ambiguo y escurridizo no es otra cosa más que el de la mayoría de los mexicanos, no el de una élite, jamás el de la clase política, no el de las viejas reparticiones de prebendas y beneficios para los partidos de derechas y de izquierdas. El interés nacional consiste en que los beneficios de todos estos profundos y ambiciosos cambios, derramen riqueza, crecientes y mejores condiciones de vida para millones de mexicanos.

Ése, señor presidente, será el verdadero e incuestionable lugar distintivo de la historia, si se logra construir y concretar –de concreto, material de construcción.

A principios de los años 90, otro presidente reformador que hoy muchos pretenden olvidar y calificar como el “innombrable”, produjo condiciones de crecimiento económico, de cambio estructural en nuestra relación con el poderoso vecino del norte. Modificar la fórmula de “aid” por “trade” revolucionó por completo los términos de esa relación y los equilibrios de la compleja vecindad. A 20 años de distancia es innegable el beneficio que el TLCAN ha derramado sobre millones de mexicanos, de agricultores, de productores, de ingenieros en la industria de autopartes y de muchas más. Sin embargo, el lugar que la historia concedió al reformista de entonces dista mucho de las loas y los elogios que desde Margaret Thatcher en Londres, George Bush (padre) en Washington o Felipe González en Madrid, le prodigaron.

Ya la historia hace y seguirá haciendo exégesis sobre las causas políticas, económicas, familiares o de justicia que provocaron el descrédito y la persecución. Pero para los tiempos que vivimos, vale la reflexión comparativa.

Falta mucho por hacer. Falta mucho por concretar y garantizar que todo esto que tan mediáticamente se ha promovido, en efecto se haga realidad.

Una lección de la historia es que el interés y la visión del reformista debe estar puesto en la gente de a pie, en los ciudadanos de todos los rincones del país. Sería lamentable, riesgoso y penoso, que el sitio en la historia basado en méritos incuestionables –en tiempo récord– fuera ensombrecido o incluso regateado por errores estratégicos y de selección.

La presencia de políticos de cualquier filiación o partido entre los grupos postores por las nuevas cadenas de televisión abierta, o la cercanía, parentesco o compadrazgo con inversionistas que apuesten por esas concesiones, sería sin duda, un error estratégico.

La presencia de gobernadores, senadores y diputados en grupos o empresas que pretendan convertirse en la nueva “industria privada petrolera” de México, sería sin duda, otro error estratégico.

En eso consiste el gran desafío al término de estos dos años. Se logró lo impensable en las últimas siete décadas. Ya es ley, están sembrados los cimientos. Ahora, que la autoridad vigile el equilibrio y la transparencia, que se elimine cualquier duda o sospecha de corrupción. Que se proteja, a toda costa, el interés nacional.