Opinión

¿Dónde quedaron la ONU y el derecho internacional?

En 1945, con la fundación de Naciones Unidas se estableció un marco jurídico para dirimir los conflictos internacionales. La Carta de las Naciones Unidas asumía la responsabilidad del organismo de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” y de “crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto […] al derecho internacional”. Sin embargo, hoy el norte de África y Medio Oriente se encuentran en medio de guerras civiles y la lucha por el poder de grupos musulmanes fundamentalistas. El conflicto en Ucrania ha devuelto la posibilidad de la guerra al continente europeo y en el sudeste asiático la sombra del poderío chino preocupa a varios países de la región. Las crisis humanitarias proliferan, se convierten rápidamente en un hashtag de twitter, sin que haya la capacidad para darles solución.

Desde el derrumbe de la URSS, Estados Unidos ha tenido la oportunidad de configurar el mundo conforme a sus valores e intereses, pero oscila entre el intervencionismo y el aislacionismo. Sus gobernantes no siempre están seguros de querer actuar como “policía del mundo”. En buena medida, las acciones unilaterales de George W. Bush condicionaron las opciones militares de Barack Obama.

Enfrascados en sus problemas internos o en sus aspiraciones de liderazgo regional, parecería que los Estados que buscan un lugar protagónico en el orden internacional del siglo XXI no están dispuestos –como no lo estuvo Estados Unidos antes de la primera y la segunda guerras mundiales– a asumir los costos económicos y políticos de una participación activa en la solución de los conflictos contemporáneos.

La Unión Europea concentra su atención en sus problemas internos, principalmente la falta de crecimiento, mientras deshoja la margarita buscando hacer equilibrios en la designación de las cabezas de sus instituciones. Potencias emergentes como China, Brasil o India exigen derecho de participar equitativamente en la toma de decisión internacional, pero no quieren asumir las responsabilidades que ello conlleva.

Algunos Estados han aprovechado la anarquía internacional. Rusia tiene intereses estratégicos en que el territorio ucraniano permanezca como uno o varios estados satélites. Israel, en nombre de su seguridad, ha tomado unilateralmente decisiones controvertibles que afectan a la población palestina en la Franja de Gaza. El “Estado Islámico” es una amenaza en ciernes que reivindica una autoridad intransigente en el mundo musulmán. Esta amenaza ha conjurado alianzas improbables, como entre Estados Unidos e Irán. Egipto y los Emiratos Árabes Unidos lanzan un ataque aéreo contra Libia sin que nadie se pronuncie al respecto e inclusive ataques a aviones comerciales quedan impunes.

La paz y la seguridad internacionales quedan en entredicho y se resiente la falta de líderes comprometidos con el respeto al derecho internacional. Hace algunos días Henry Kissinger, exsecretario de Estado norteamericano, escribió que no hay un mecanismo de consulta eficaz entre las principales potencias y que las cumbres no tenían resultados concretos. Frente a la debilidad de la ONU y en particular la ineficacia estructural del Consejo de Seguridad para alcanzar consensos, se entiende el escepticismo de Kissinger ante la dificultad de las instituciones multilaterales para preservar la paz.

No sancionar a quienes infringen el derecho internacional y vulneran estas instituciones propicia circunstancias indeseables de anarquía y conflicto. También se sientan precedentes: otros países podrían estar tentados de usar la fuerza, al calcular que saldrán impunes. Estados Unidos, como principal potencia global, debería de tener interés en sacar de la parálisis a las Naciones Unidas y empoderarla para que encabece una solución negociada de los conflictos que están proliferando. Lamentablemente, tras las desastrosas guerras en Irak y Afganistán, Washington ha desplegado una política pasiva y errática ante la inestabilidad global. Es urgente que cada uno de los actores con peso en el sistema internacional –la ONU, las potencias tradicionales y emergentes, las organizaciones de la sociedad civil–asuman sus responsabilidades inherentes en el orden y la seguridad internacionales antes de que sea demasiado tarde.