Opinión

¿Dónde están los incentivos?

Elías Bistre

Un sistema económico que premia, por encima del mérito individual, la creación y conservación de cotos de poder como fin último, se enfrentará a la subordinación institucional, generando con ello incentivos perversos que actuarán en contraposición de la búsqueda y consecución del bienestar social.

Toda economía moderna en esencia aspira a ser un vehículo de creación de riqueza que, a través de las fuerzas e incentivos del mercado, permita alcanzar un estado de bienestar del conjunto social.

Sin embargo, un sistema económico que falla en determinar objetivos comunes y encausar las fuerzas del mercado hacia el bien común, ya sea en forma implícita (usos y costumbres), o explícita (leyes), dará cabida al desarrollo de objetivos individuales o sectoriales distorsionados, dirigidos primordialmente al logro individual y alejados, en gran medida, de una visión social.

En economías orientadas hacia el bien individual, el poder se convierte en un fin por sí mismo, lo que acaba trastocando la vida de sus ciudadanos e inclusive los valores individuales y sociales. Dado que esta dinámica aleja a la sociedad de sus principios fundamentales, el contrato social se verá subordinado a intereses individuales o sectoriales. Dichos grupos o individuos, buscarán mantener la “cuota” o participación de oportunidades, frenando todo intento de cambio, ya que el beneficio se encuentra en mantener el estado de las cosas.

El problema mayor de dicho estado de las cosas es que, en la medida que la sociedad se aleja de los objetivos ideales buscados a través de su contrato social, el desarrollo de una economía de mercado moderna termina por ser insostenible. Así, en este esquema económico, crecerán incentivos contrapuestos con la responsabilidad económica de atender también las necesidades de aquellos individuos o grupos menos favorecidos.

La acumulación de poder como fin por sí mismo, se convierte en parte de la normalidad, al igual que la pobreza, desigualdad y otros flagelos sociales. Lo anterior profundizará las distorsiones llevando a consecuencias sociales que acabarán por afectar el desempeño económico y por ende toda la sociedad en conjunto. Corrupción, delincuencia, violencia, pobreza, migración e inestabilidad social general, son algunos de los problemas que, al hacerse presentes, terminarán por afectar a todos los integrantes de la sociedad, no importando el “poder” con que se cuente.

Así, paradójicamente, una economía que prioriza el bienestar individual o sectorial por encima del bien común, termina por afectar los intereses de aquellos agentes económicos que en principio buscaba favorecer.
Una sociedad cuyos incentivos favorecen la acumulación y el “poder” como fines ideales, resulta en mercados ineficientes, poco competitivos, con prevalencia de estructuras monopólicas. En dicho esquema es premiada la ineptitud por encima del mérito, cayendo con ello en una dinámica de selección adversa; los agentes meritorios serán desincentivados a participar en la actividad económica, mientras que los otros, faltos de talento u algún otro mérito, serán favorecidos en la medida en que pertenezcan a algún circulo de poder. Como consecuencia de esto, se tendrá un sistema económico con baja calidad generalizada; productividad deficiente; limitada capacidad tecnológica; y con ello la profundización en la desigualdad social, desempleo, migración, entre otros.

La falta de oportunidades que surge a partir de un sistema orientado hacia el logro y conservación de “poder”, puede trascender inclusive, al respeto de los derechos humanos fundamentales; no se velará por la igualdad de oportunidades ya que ello no abona al status quo.
Etapas avanzadas de esta dinámica llevan a profundización de los problemas sociales y la concentración aun mayor del poder y la riqueza. De igual forma, el crecimiento económico será posible, pero el desarrollo se verá limitado toda vez que sólo unos pocos estarán en posibilidad de capturar la mayor parte del valor económico generado.

A pesar de los efectos económicos negativos y flagelos sociales consecuencia de este modelo, los grupos de poder y el Estado, subordinado a estos primeros, como se mencionó previamente, no hallarán incentivo en corregir dicha situación, toda vez que el beneficio se encuentra en mantener el estado de las cosas. Similarmente, los agentes económicos menos meritorios que detenten algún grado de poder, ya sea grupal o individual, frenarán toda iniciativa de cambio, ya que el orden alcanzado resulta en beneficios económicos para estos.