Llegó la hora de la transición
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Llegó la hora de la transición

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Llegó la hora de la transición

23/05/2018

Para decirlo suavemente, la transición democrática en México es un proceso inacabado.

Los dos gobiernos del PAN y el sexenio del retorno el PRI (casi) nos detuvieron 18 años en el tiempo. La fiesta democrática del año 2000, con todo lo que significó la derrota electoral del tricolor, derivó en una democracia desprestigiada y en la instauración de la “kakistocracia”, que tiene en los Duarte, los Borge y similares, a sus pruebas vivientes.

Por razones y en contextos distintos, Vicente Fox y Felipe Calderón fueron incapaces de encabezar gobiernos comprometidos con la transición. Hoy ambos dan pena ajena: Fox como patiño del PRI, y Calderón por su insistencia en acusar al “pequeño dictador” Ricardo Anaya de las mismas cosas que él, cuando era presidente, hizo para controlar de manera absoluta al PAN.

Fox y Calderón no hicieron prácticamente nada para impulsar una efectiva transición del país a la democracia.

Los dos panistas y el mexiquense heredaron un país sin crecimiento, sin progreso económico y sin mejoras sustantivas en bienestar social. Sus torpezas políticas y el empeño de los dos últimos en la torpe y fallida “guerra por la democracia” contribuyeron, con otros factores, a dividir y polarizar a la sociedad.

Por eso resultaría risible, si no fuese trágico, que ellos, los que acentuaron la desigualdad y sumieron al país en una espiral de violencia, pretendan culpar a la sólida y persistente oposición de Andrés Manuel López Obrador de ser la responsable de la crispación que enfrentamos actualmente en este proceso electoral.

Bajo los tres gobiernos mencionados, importantes franjas de nuestro territorio cayeran en manos del crimen.

El comportamiento abusivo y la captura de las instituciones que practicaron condujeron a que, por ejemplo, los órganos encargados de las elecciones estén gravemente desacreditados.

Peña Nieto coronó los dos sexenios del PAN con el Pacto por México, que fue, entre otras cosas, una grosera suplantación del Congreso de la Unión, al que se pretendió regresar a la condición de mero ejército de levantadedos.

Fiel a su ADN autoritario, el gobierno priista recentralizó decisiones y recursos, dotó de poderes supremos a dos supersecretarías (Hacienda y Gobernación) y, en el colmo de la irresponsabilidad política, abrió la puerta para que los titulares de ambas carteras disputaran la candidatura a la Presidencia con los aparatos y los recursos de ambas dependencias.

El empuje de la sociedad y un nuevo entramado jurídico pusieron ciertos límites a los otrora poderes supremos de la Presidencia. Pero tanto Fox como Calderón renunciaron a construir contrapesos con el respaldo social, con lo que contribuyeron a que la dispersión del poder diera lugar al afianzamiento de verdaderos feudos estatales. Sin fiscalización, sin la obligación de rendir cuentas, los gobernadores, muchos de ellos priistas, se sintieron a sus anchas bajo las administraciones federales del PAN.

Todas estas tragedias nacionales, que en estas líneas apenas esbozo, van a encontrar el comienzo de su fin el próximo 1 de julio.

Ha llegado la hora de completar la transición a la democracia, de un cambio de régimen, de gobernantes que no dilapiden su capital político, y que, con el respaldo activo de los ciudadanos, con leyes renovadas y prácticas congruentes nos permitan al fin ser un país democrático.

Vienen días duros, que me llevan a recordar el fin de Pinochet: el lema de la campaña del NO (que quería decir no más dictadura) fue “la alegría ya viene”.

Y sí. Falta poco más de un mes para la elección y arreciarán la guerra sucia y los pactos en lo oscuro para tratar de impedir lo que ya no se puede detener: los tardíos lamentos de quienes traicionaron el mandato de las urnas o de quienes siempre quisieron el poder solamente para servirse de él, se van a apagar en medio del estruendo de la alegría que viene.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.