La victoria de AMLO y el nuevo tablero político
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La victoria de AMLO y el nuevo tablero político

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La victoria de AMLO y el nuevo tablero político

04/07/2018

Un tuitero escribió, palabras más o menos, que 1988 duró tres décadas. Y con razón. En la fiesta del domingo por la noche en el Zócalo –ese espacio cívico que el mal gobierno ha expropiado a favor de privados– se vivió un encuentro en el que participaron los veteranos de la irrupción del neocardenismo con los jóvenes que, llenos de esperanza, votaron por primera vez y lo hicieron, en su mayoría, por los candidatos de la coalición Juntos Haremos Historia.

La contundente victoria electoral de Andrés Manuel López Obrador es histórica en muchos sentidos. El mismo candidato vencedor, en sus más recientes discursos, se refirió a la deuda que este movimiento tiene con los estudiantes de 1968, con los maestros, los ferrocarrileros y los médicos en sus heroicas luchas.

López Obrador mencionó incluso a varias de las figuras indispensables de la política, la lucha social y la cultura, que durante largos años dieron la batalla en contra del régimen de corrupción, injusticia e impunidad, que muy pronto será un mal recuerdo.

La emoción de la victoria se funda también en el hecho de que López Obrador llegará a la Presidencia de la República con una votación que ninguno de sus antecesores logró. Más de 32 millones de votos (contra los 19 millones que, por ejemplo, llevaron a la Presidencia a Enrique Peña Nieto) son un mandato clarísimo que dotará al gobierno de una gran legitimidad. AMLO ganó, según el corte del PREP de las 10:20 de la mañana del lunes, en el 83 por ciento de las casillas y en casi la totalidad de las entidades (al parecer, sólo en Guanajuato no obtuvo el triunfo).

La prensa, que a lo largo de la lucha de López Obrador muchas veces practicó el nado sincronizado en su contra, se hermanó el lunes 2 de julio en una palabra: “Arrasó”.

La elección ha sido histórica porque lo ocurrido en las urnas nos confirma que estamos frente a un cambio radical en la correlación de fuerzas en el país.

Independientemente de que dos formaciones minoritarias (Panal y PES) pierdan o conserven el registro, los dos grandes perdedores de estos comicios son el PRI y el PRD.

El PRI porque su candidato no ganó en ninguna de las entidades del país ni tampoco en ninguno de los 300 distritos electorales. Para ese partido, tantas veces imbatible a fuerza de fraudes, la derrota es tan grande que ni siquiera pudo conservar Atlacomulco, la tierra que vio nacer al grupo todavía en el gobierno.

Con los resultados en el Estado de México (el PRI pierde 42 de los 45 distritos electorales locales) se confirma que la de 2017 fue una de las elecciones más sucias de nuestra historia, lo que es mucho decir.

El PRD –si tomamos el dato del PREP en la elección de diputados federales– se empequeñece hasta tomar un tamaño equivalente al Partido Verde, con lo que pasa a formar parte de los partidos satélite.

La derrota perredista en la Ciudad de México –donde los perredistas actuaron con la misma arrogancia y malas mañas que caracterizaron a los priistas a escala nacional– era previsible y sella el fin de ese partido tal como lo conocimos.

Los candidatos del PRI y el PAN reconocieron el triunfo de López Obrador la misma noche de la elección. Esa es una actitud democrática encomiable. Pero que hayan aceptado la derrota, no debe olvidarse, se debe también a que la avalancha de votos terminó con cualquier posibilidad de poner en duda los resultados.

Morena arrasó en las legislativas y obtuvo además cinco de los nueve gobiernos estatales en disputa. Los primeros análisis de los números indican que Morena y sus aliados tendrán 313 legisladores, contra 127 del Frente. El PRI, con tan sólo 42 legisladores, podría ser la muy disminuida quinta fuerza en la Cámara baja.

Más allá de estos números, los reacomodos que implica este nuevo tablero político nacional significan una gran responsabilidad para los vencedores. Tengo la convicción de que las fuerzas que han acompañado a López Obrador en su larga lucha haremos honor, y me incluyo como futura legisladora, a aquella línea de una vieja canción de la izquierda latinoamericana: “Implacables en el combate, generosos en la victoria”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.