De las cuatro paredes a las calles
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De las cuatro paredes a las calles

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De las cuatro paredes a las calles

05/12/2018

En sus primeras horas y días en el gobierno, Andrés Manuel López Obrador avanza con firmeza en el cumplimiento de sus promesas de campaña, al tiempo que desacraliza el poder y envía poderosas señales de que el suyo será un gobierno al servicio de la gente, austero y atento a las demandas más sentidas de la población.

Así se entiende, por ejemplo, la instalación de la Comisión de la Verdad para el caso Ayotzinapa, creada vía decreto presidencial, y el compromiso de López Obrador de que habrá verdad y justicia. El caso de los estudiantes normalistas es, sin duda, una de las heridas abiertas que legó un sistema de procuración de justicia podrido y proclive a la simulación. Su relevancia estriba, además, en que simboliza a miles de desaparecidos, cuyas familias persisten en su infatigable búsqueda para conocer el destino de los suyos y para exigir justicia.

En ese marco también es que hay que entender que, en pleno Zócalo, el Presidente se haya arrodillado junto con representantes de los pueblos indígenas. Quienes pretendieron ridiculizar esa imagen no sólo desconocen la solemnidad del hecho mismo, sino exhibieron su desprecio racista.

Algo similar ocurrió con la apertura de Los Pinos, otrora lujosa residencia presidencial, para ponerla al servicio del pueblo. Una fotografía de una familia guerrerense de visita en lugar, desató oleadas en las redes sociales. De un lado, muchos la vieron como símbolo de un fin de época, dado que el lugar de la foto de Periodistas de a Pie fue reconocido como el mismo donde en el sexenio anterior se hacían pasarelas para revistas de modas. Del otro, hubo quienes pusieron en duda la autenticidad de la imagen y destilaron comentarios clasistas y ofensivos.

Pese al ruido en las redes, los mexicanos que se sienten optimistas (arriba de 80 por ciento, según encuestas) sobre el futuro del país superan ampliamente el de los votantes de López Obrador (53 por ciento). Ese dato no parece decir nada a quienes pretenden construir, en los medios tradicionales y las redes sociales, la imagen de un país polarizado, en el que una parte llama con motes ofensivos a la otra y viceversa.

Acostumbrados a explicar a coro, a considerar dogmas de fe las recetas del neoliberalismo, los voceros del poder mediático muestran poca capacidad para leer la nueva realidad y se empecinan en una visión que atribuye al poder de hoy los vicios del anterior.

Deshilachada, sin rumbo, la oposición de derecha pretende ganar voluntades con errores que ya cometió. El PRI promete, otra vez, que ahora sí cambiará, y sus facciones se aprestan a una guerra interna ya sin el cemento de la obediencia al presidente en turno. El PAN, o lo que queda de él, lanza una campaña que pretende golpear al nuevo Presidente al compararlo con figuras identificadas con el autoritarismo y la opresión; es decir, hace una caricatura que adereza con mentiras y sólo consigue prolongar su falta de comprensión sobre lo que está ocurriendo en nuestro país.

La esperanza no entraña ceguera. Es seguro que el gobierno de López Obrador cometerá equivocaciones, pero también lo es que un presidente con capacidad de escuchar a la gente –una virtud que el nuevo mandatario ha demostrado tener de sobra– permitirá corregir lo que fuese necesario.

En ese camino, será fundamental la conexión auténtica que el Presidente tiene con la gente, porque seguramente el nuevo gobierno estará, como ya está, bajo el fuego de la supuesta mano invisible de los mercados y de poderes fácticos –no sólo empresariales– que lo combatirán y no necesariamente en las urnas.

La movilización popular en defensa de un gobierno que la gente ha hecho suyo, ha podido verse ya en estos días, tanto en la fiesta cívica que siguió a la toma de protesta de López Obrador, como en las consultas sobre el aeropuerto y los proyectos prioritarios del nuevo gobierno.

Dicho de otro modo, la vida política nacional, que en el sexenio pasado estuvo encerrada en las cuatro paredes del Pacto por México, se dará ahora en las calles y en contacto directo con la población.

Y cuando hablo de movilización popular no me refiero a un plantón, como algún adversario de la cuarta transformación quisiera, sino a la acción colectiva en las plazas, los barrios, los pueblos y comunidades; a la organización social desde abajo; a la participación ciudadana en las decisiones de gobierno. A un cambio de régimen, vaya.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.