Opinión

Doce botellas de
tequila para Cannes

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Clase Azul

No sé si el día que un restaurante mexicano aparezca como el número uno del mundo habrá gente que vaya con banderas tricolores a celebrarlo a el Ángel de la Independencia; lo dudo, porque no es un tema popular, ya que no son muchos quienes pueden pagar los precios que ahí cobran por una comida corrida (menú degustación le llaman) que van de los mil a los mil 325 pesos, según publicó ayer EL FINANCIERO en su sección de Buena Vida.

No obstante, da gusto saber que ahora ya hay tres restaurantes de chefs mexicanos clasificados entre los 50 mejores del mundo: Pujol, Biko y Quintonil (todos en la ciudad de México), sobre todo porque, casualmente, esta situación empata con el impulso que al tema de la gastronomía como atractivo turístico le ha dado la secretaria de Turismo, Claudia Ruiz Massieu, a partir de finales del año pasado.

Pero, cabe la pregunta: ¿que México tenga tres de los mejores restaurantes del planeta hará que más turistas vengan en carretadas corriendo para comerse un ceviche rockot a la veracruzana preparado por Enrique Olvera, dueño de Pujol? Seguramente no, porque el turista promedio que viene del extranjero y quiere probar comida mexicana lo que pide son tacos y enchiladas.

No obstante, además de darle al país un aire de modernidad y desarrollo, contar con este trío de restaurantes reconocidos a ese nivel sí puede servir de anzuelo para los viajeros del segmento premium que, no serán tantos como los millones que acuden a los hoteles Todo Incluido del Caribe mexicano, pero sí gastan muchísimo más que éstos.

Un singular empresario mexicano, Arturo Lomelí, que sabe de estas cosas porque vive en Nueva York y produce sólo para los consumidores de alto poder adquisitivo, sin dudarlo sostiene que únicamente las personas muy cultas y viajadas deciden volar a México por su gastronomía. Y explica, por ejemplo, al señalar que muchos estadounidenses piensan que todo México es como Tijuana, en tanto que los de mayor nivel económico creen que México es Los Cabos.
Lomelí, junto con sus socios Jorge Barrueta y Juan Sánchez, son propietarios de la empresa Clase Azul Spirits, que se dedica a producir una bebida que forma parte esencial no solamente de la cocina mexicana, sino de nuestra identidad nacional: tequila.

Pero en esta casa no hacen cualquier tequila, sino varias presentaciones: plata, reposado, añejo y ultra, cuyos precios van de los cien a los dos mil 300 euros la botella.

Hace unos días cumplieron 18 años y les va muy bien al poder registrar una facturación de cien millones de pesos al año, lo cual no está mal para ser una empresa pequeña con una mercado muy segmentado. Pero ese es precisamente el secreto de su éxito, ya que siempre han tenido muy claro que no quieren pelear en todos los mercados, sino solamente en el premium y en el de lujo.

Y es que, en su propia segmentación de mercados, Lomelí hace una diferenciación entre premium y de lujo. Y la explica así: “el mercado de lujo es aquel en el que la gente está dispuesta a recibir lo que pocos pueden dar”. Es decir, es un mundo todavía más exclusivo que el premium.

Por eso es que hace unos días le hicieron un pedido de doce de sus mejores botellas de tequila: el Clase Azul Ultra, para el Festival cinematográfico de Cannes, las cuales llevó personalmente su gerente a esa ciudad francesa. Cada botella costó dos mil euros.

En ese mundo, Lomelí puede hacer cosas como la siguiente: para celebrar su aniversario XVIII, inventó un paquete de quince botellas de sus diferentes clases de tequila, envasadas en botellas que son unas joyas, a un precio total de 450 mil dólares. Hace unos días le pregunté si ya había vendido algún paquete, y me dijo que todavía no, pero que ya le habían pedido dos de esas botellas, a un precio de 30 mil dólares cada una. No está nada mal.

Sí, hay un mundo aparte, y el tener restaurantes y tequilas de alto nivel ayuda a que sus habitantes vengan a gastar su dinero a México.

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