Opinión

Disputa de Derecho Autoral elimina logo Olímpico para Tokio

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Olimpiadas Japón. (www.correodelorinoco.gob.ve)

Finalmente, el comité organizador de los juegos olímpicos para Tokio en el 2020 y el gobierno de esa ciudad terminaron por ceder a la presión y se desistieron de su empleo como consecuencia de las denuncias formuladas por plagio que surgieron desde hace meses.

Si se compara el diseño de Kenjiro Sano con el del diseñador belga Olivier Debie, que se ostenta como el autor original del logotipo realizado para el “teatro de Lieja”, se debe reconocer que las coincidencias son notables. De hecho, el propio Kenjiro Sano ha reconocido haberse inspirado “en ideas de diseños en Internet”, sin confesar directamente haber plagiado ese diseño en particular.

Lo más sorprendente del caso es que el autor, y el propio comité organizador, en un primer momento desestimaron la reclamación presentando bocetos que “demostraban” el proceso de creación del diseño de parte del autor japonés. Bajo el principio de la creación original, la legislación de derechos de autor permite la coexistencia de obras parecidas, siempre que hayan sido creadas sin basarse unas en otras. Sin embargo, los intentos resultaron infructuosos y el lastimoso retiro del logotipo se constituye en una de las historias más difundidas de plagio en un ámbito deportivo de esta magnitud.

La reclamación no concluirá con esta medida, que de suyo resulta dolorosa y altamente costosa para los responsables, sino que deberá llegarse a un acuerdo de pago a favor del titular, o bien esperar a la sentencia del tribunal en Bruselas al que ha sido asignado el caso. Las consecuencias más graves, como ha reconocido el comité organizador de los juegos olímpicos, son los relacionados al descrédito que frente a la comunidad deportiva internacional supone una falla de esta naturaleza, especialmente en una cultura en la que los códigos de honorabilidad encuentran dimensiones de compromiso mayores que en otras latitudes.

El asunto sirve para ilustrar las consecuencias de una práctica generalizada de utilizar obras de terceros sin autorización, bajo el único argumento de que se encuentran en internet, como si ese hecho permitiera el empleo indiscriminado de diseños, fotografías y textos, exponiendo proyectos culturales y empresariales a graves riesgos por decisiones ignorantes del régimen tutelar de los derechos de autor. De hecho, ciertas diseminaciones de obras por redes sociales, resultan igualmente violatorias de derechos de autor, disparando la aplicación de dispositivos legales que dirigen las sanciones al ámbito penal.

Otro de los efectos secundarios que el tema inevitablemente provoca es la clara percepción de que la protección de derechos autorales representa en nuestros tiempos una ventaja competitiva destacada, que permite poder reclamar una violación de derechos sin tener que agotar formalidades previas de registro y sin que esté sujeta a restricciones territoriales. Es como si los diseñadores de los tratados internacionales en la materia, que establecieron las bases del sistema a fines del siglo XIX, hubiesen imaginado este mundo globalizado en comercio y comunicaciones, dotando de herramientas excepcionalmente poderosas y ampliadas a los autores de obras de todo tipo.

Twitter:@JalifeCaballero

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