Opinión

Dispara The Economist revisión crítica al Sistema de Patentes

 
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Patente del iPhone (Bloomberg/Archivo)

Cuatro semanas atrás, comentábamos en este mismo espacio un artículo publicado por The Economist que planteaba la necesidad inaplazable de revisar a profundidad el sistema internacional de patentes para reformarlo por completo. El cuestionamiento básico que el artículo promueve se cierne sobre la misión misma de esta compleja regulación para preguntar si, en efecto, ésta sigue cumpliendo la función esencial sobre la que está concebida para estimular la innovación al recompensar al inventor con una exclusiva temporal de explotación del objeto creado. Creo que no me equivoco, al mencionar que este artículo ha sido uno de los más leídos y comentados en el mundo en relación a patentes en los últimos 30 años.

Personas de todos los sectores, catedráticos, doctrinarios, profesionales de la Propiedad Intelectual, investigadores, estudiantes, directores de áreas tecnológicas de grandes empresas, asociaciones y hasta autoridades y jueces de diversas jurisdicciones se han manifestado sobre el tema. La mala noticia es que casi todas las opiniones realizan una crítica ácida del sistema, que van desde la propuesta de una reforma preliminar y cosmética, hasta la que proclama su necesaria desaparición.

Recordando el contenido del artículo de esta influyente publicación, las patentes han dejado de cumplir el papel de ser promotoras de innovación y de manera contraria han revertido sus efectos y desde algunas décadas la bloquean. Entre los aspectos que han contaminado el sistema se encuentra el de las llamadas “patent trolls”, que sigue siendo un dolor de cabeza para muchas empresas que enfrentan sus efectos depredadores; se trata de firmas de abogados o empresas que no realizan negocio alguno ni mucho menos producen tecnología, que son constituidas específicamente para apropiarse de patentes importantes en un campo tecnológico determinado y presionan el pago de quienes eventualmente las utilicen, recurriendo a mecanismos judiciales o negociaciones hostiles.

Otro de los casos que ponen en crisis al sistema de patentes es el de las que son tramitadas por grandes empresas para cerrar el acceso a determinadas tecnologías a empresas de menor tamaño, y que nunca llegarán al mercado. Algo está mal en un sistema promotor de la innovación –gritan los detractores-, cuando la mayor parte de las tecnologías protegidas no persiguen otro propósito que inhibir su empleo. Como suele suceder en este tipo de linchamientos populares que últimamente estamos presenciando de instituciones que en algunos casos ponen primero el interés personal al colectivo, la visión está siendo parcial, injustificada y desinformada.

Para justificar el sistema de patentes -sin desconocer la necesidad de reformarlo-, no es necesario recurrir a la obviedad de defenderlo haciendo alusión a su contribución histórica al progreso humano, que desde luego no es cosa menor. La justificación tampoco pasa, según mi visión, porque no existan otras alternativas y sea éste un mal necesario. La revisión del sistema no puede ignorar funciones críticas del aparato de Propiedad Intelectual que se inscribe en su asociación directa con las cadenas que agregan valor al mercado en la forma de reductores de riesgo, fidelización de clientes, progresión del valor del capital intangible, organización de cadenas productivas, expansión de fórmulas exitosas de negocio, formación de bases tecnológicas de datos y construcción de nichos de preservación de mercados exclusivos para nuevos emprendedores, por citar algunas. Pretender abolir un sistema en base a dos o tres situaciones disfuncionales es reduccionista y peligroso, y no abona en la tarea de mejorar los términos de la controversia.

Twitter:@JalifeCaballero

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