Opinión

Discriminación fascista desde la oscuridad y el anonimato

 
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Marcha propalestina en París. (AP)

Bien sabemos la dimensión que tiene la discriminación en nuestro territorio. Comienza por el color de la piel, recorre los estratos sociales y económicos hasta llegar a lo impensable, el odio racial.

Nuestra sociedad es profundamente discriminatoria por “razones” históricas y culturales, Las tradiciones de la mayoría siguen marginando y en muchas ocasiones hasta excluyendo con violencia y brutalidad a diversas minorías.

200 tarahumaras fueron liberados de la esclavitud a la que los habían sometido empresarios de la agricultura en Baja California. La noticia ocupó las últimas páginas de los diarios y algunos minutos en los informativos de los medios electrónicos. A pesar de que Alfonso Navarrete Prida, secretario del Trabajo, fue claro en su denuncia y en el conjunto de las acciones que los liberaron, la noticia desapareció de nuestra vista en tan sólo unas horas.

Vamos, ni siquiera hubo comentarios en editoriales y columnas. De hecho, los poquísimos que de eso se ocuparon, fueron organizaciones no gubernamentales y sin exigir nada, prácticamente metieron los datos de la sobreexplotación en el cajón de la conmiseración.

“Son indios, que aún y a pesar de esa condición en que se les pagaba cuatro pesos al día, estaban mejor que en sus cuevas de la sierra allá en Chihuahua”, dijo un locutor cuyo nombre no vale la pena recordar.

Según datos del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, los grupos sociales víctimas de tal práctica son: mujeres, ancianos, indígenas, homosexuales, enfermos, discapacitados, extranjeros migrantes y creyentes no católicos. Faltaba enumerar una que ahora brilla como la estrella de David: el rechazo racial hacia los judíos.

Esto acaba de aparecer con furia en ese laberinto llamado redes sociales en las que, preferencialmente grupos y también individuos disfrazados con seudónimos, han lanzado una lluvia de insultos y calumnias contra un comunicador que realiza su trabajo en Canal Once, Radio MVS y un diario de circulación extendida, me refiero a Ezra Shabot. Su pecado, terrible falta si las hay, consistió en fijar su posición ante el caso de su colega Carmen Aristegui en la emisora radial en que ambos prestan sus servicios. Señaló que a él nunca lo han presionado para decir o dejar de comentar lo que decida en su espacio radial; aseguró que goza de cabal independencia y continuará haciéndolo en su trabajo en cualquiera de los medios difusores donde tiene el privilegio de entrevistar y hablar sin ninguna influencia por parte de los directivos. Con ello, estaba expresando un pensamiento contrario a una telaraña de convencidos de que la libertad de expresión en México es una falsa ilusión.

De lo primero que se le ha acusado, es de vendido. Eso quiere decir que es un renegado de la verdad y pésimo mexicano, lo cual equivale a traición a la patria. Después se le ha tachado de mentiroso y con ello se ha pretendido lesionar su credibilidad; por último, de modo infaltable, las calumnias y las injurias.

¡Es israelita, es judío! Ha retumbado en el oprobioso mundo del vituperio electrónico.

Pensábamos o -mejor expresado- queríamos pensar que la tecnología de la comunicación a través de los celulares, las tabletas y las múltiples plataformas con sus mil posibilidades para la difusión del conocimiento, nos servirían para posibilitar un mejor destino individual y colectivo. Eso sigue siendo posible pero lo otro, su opuesto, también es una realidad. Ahí está como una inmensa roca, pesada y negra en medio de nosotros.

El mamotreto crece cuando no hay voces que protesten contra la ignominia y estén lejos de arropar y proteger a las víctimas.

¿Es esta la democracia por la que tanto hemos luchado? Estos gajos discriminatorios mantienen a nuestra sociedad atada a viejos atavismos que constituyen una negación de derechos ante los que el Estado-Nación se mantiene omiso o hace muy poco por evitarlo.

En tanto se perpetúe la discriminación y se llegue al vandalismo fascistoide como es apartar e insultar a las personas porque piensan y opinan en forma diferente, por su forma de hablar, por sus orientaciones sexuales o por su origen étnico, estaremos lejos de construir una sociedad equitativa, armónica, justa, que son los componentes necesarios para ampliar nuestra vida democrática.

¡Enjuiciar a alguien como lo hicieron los nazis!

Twitter: @RaulCremoux

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