Opinión

Diplomáticos de carrera y a la carrera

 
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ME. Chapo, sólo una marca del cártel que opera como multinacional.

En los términos de la Constitución, corresponde al Senado de la República como facultad exclusiva, es decir, que no comparte con la Cámara de Diputados, la aprobación del nombramiento de embajadores que haga el Ejecutivo. Hasta hace un par de décadas tal aprobación consistía en un acto mecánico, de mero reflejo condicionado en obsequio y en obsequiosidad de parte de los senadores al señor presidente de la República en turno.

Se trata, como bien se comprenderá, de uno de tantos aspectos claramente negativos de nuestra lamentable vida pública que procede corregir. Cuando fui senador, hacia finales de la década de los años noventa, recuerdo perfectamente la preocupación auténtica en torno a este punto de nuestro coordinador parlamentario don Gabriel Jiménez Remus, por atender con ánimo de enmienda esta triste práctica que termina por afectar nuestra relación con el resto del mundo. Que nos hace ver de plano, aunque se diga otra cosa, como país tercermundista.

Don Gabriel Jiménez opinaba que para tales responsabilidades diplomáticas en materia de cónsules y embajadores, debe tomarse en cuenta de manera preferente al personal profesional de carrera. Pero además que acrediten una trayectoria eficaz, prestigiosa y honorable de servicio a México en el exterior.

Sin embargo, la propuesta de don Gabriel no se circunscribía con sentido de exclusividad al personal de carrera. Sostenía, considero que con razón, que excepcionalmente podrían ser nombrados mexicanos valiosos y de prestigio, por ejemplo del ámbito de la cultura, aunque no sólo, para representar a nuestro país con brillo, categoría y dignidad en el mundo de la diplomacia; que su sola personalidad sea garantía de ello. Ejemplos al respecto los hay. Pero en modo alguno –como es común que suceda- los nombramientos sean para pagar favores políticos, desterrar adversarios incómodos, práctica muy socorrida del porfiriato, y menos aún para esconder pillos, como recién ocurrió con un exgobernador de Veracruz.

Entre los cónsules y embajadores mexicanos se dice, de acuerdo a su origen, que unos son diplomáticos de carrera y otros hechos a la carrera. También se comenta, en tono de frustración, que las mejores embajadas (Washington, Madrid, Roma, Londres y similares) son para los favoritos del gobierno con independencia de su idoneidad y eficacia y siguen la llamada Ruta Revlón; y que los de las embajadas de países africanos y latinoamericanos de importancia menor, recorren durante su carrera profesional la Ruta Baygón.

Algo debe andar muy mal en el cuerpo diplomático mexicano. De otra manera no se explica cómo, en su reunión anual de enero pasado, cuando se les dio a conocer como primicia, la información de la recaptura del Chapo Guzmán, puestos de pie le lanzan hurras a Peña Nieto y como si hubieran sido aleccionados se pusieron a entonar en coro el himno nacional.

Lo anterior viene a cuento por la repentina, extraña, sorpresiva remoción del embajador mexicano en EU, que apenas tenía medio año de haber sido nombrado. Cuando se le propuso, se dijeron de él cosas maravillosas y que era el embajador ideal ante ese país, como nunca se había tenido otro. Y ahora se nos dice que no, porque el escenario cambió. Y lo peor es que creen que les creemos.

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