Opinión

Dimensión

Pues ya entramos en el proceso electoral, de forma que buena parte de los problemas diarios se convertirán en crisis nacionales, amenazas de desastre o de plano hecatombes. Es decir: la lucha contra el crimen organizado se planteará como un inmenso fracaso y prácticamente un crimen; la ingobernabilidad en Michoacán, Guerrero y Oaxaca, como el despertar del México profundo y el principio del fin de la miseria ancestral; los conflictos de interés, como muestra palpable de una corrupción creciente, a la que se sumarán las licitaciones de ferrocarriles, aeropuerto y lo que venga; las pugnas partidistas, como evidencia contundente del derrumbe de la democracia, del bajísimo nivel de la clase política y de la necesidad de “que se vayan todos”.

Si de por sí pecamos de desmesura, como recuerdo haber comentado con usted hace algún tiempo, en los procesos electorales nos superamos. México enfrenta dificultades, que convertimos en el discurso en problemas, y que en estos procesos alcanzan el nivel de crisis.

Primero, la lucha contra el crimen organizado, que elevó las tasas de homicidio en México al doble, parece haber tenido un punto de inflexión hacia inicios de 2011. Desde entonces, las tasas se han mantenido estables o con pequeñas reducciones. Sin haber regresado a los niveles previos a 2007, algunas ciudades del norte han mejorado notoriamente: Juárez, Tijuana, Monterrey. Los grandes cárteles del inicio de la lucha se han desmembrado y hoy estamos en una etapa diferente. Mucho se ha hecho mal, antes, durante y ahora.

Segundo, la ingobernabilidad del Pacífico sur no debería sorprender a nadie. Si en alguna parte el viejo arreglo funcionaba para controlar violentamente, era ahí. Si en algún lugar hemos pospuesto transformaciones, es ahí. Cientos de miles de mexicanos viven bajo reglas diferentes al resto del país en esa región, sea por estar bajo “usos y costumbres”, por vivir en municipios “autónomos” o por el avance del crimen organizado. Las supuestas soluciones anacrónicas son como la República de Indios, un instrumento de separación y atraso, con la misma excusa: el paternalismo.

Tercero, la corrupción fue el lubricante del viejo México. El régimen de la Revolución fue un sistema corrupto y corruptor, que acostumbró a los mexicanos a vivir fuera de la ley. Todos aprendimos que las leyes eran sólo excusas para poder tasar adecuadamente el costo de la mordida.

Cuarto, los partidos políticos son espacios de conflicto y la democracia es un mecanismo para administrar el conflicto. No lo resuelve.

En suma, el México que tenemos hoy no difiere significativamente del que hemos tenido antes. Si acaso, hemos mejorado notoriamente. Por ejemplo, hoy hemos logrado que la corrupción se discuta mientras el gobierno sigue en funciones, y no cuando ya se ha ido, como siempre lo hicimos. Abiertamente se critican las deficiencias del gobierno federal, ciertas o supuestas.

Repito, para que no quede duda: todos los temas mencionados son problemas vigentes en México. Pero ninguno es hoy inmanejable, irresoluble o se encuentra en peor situación de lo que vivimos al cierre del siglo XX. Todos exigen atención, propuestas de solución, trabajo, recursos, decisiones, que es más probable que logremos si les damos su correcta dimensión.

Afortunadamente, podremos hacerlo de lunes a viernes en estas páginas, a partir de hoy. Aquí lo espero.

Twitter: @macariomx