Opinión

Dilma, por poquito

Por un estrecho margen de tres puntos porcentuales en la votación presidencial, Brasil reeligió a Dilma Roussef para un segundo periodo de cuatro años al frente del país. Se trata de la contienda más competida, confrontada y disputada en la joven democracia brasileña en donde, por momentos, se llegó a considerar su derrota.

Aécio Neves, candidato de la socialdemocracia, representó un auténtico desafío en las urnas para Dilma quien tuvo que valerse de todos sus recursos, incluso del gran baluarte del PT (Partido de los Trabajadores), Luis Inacio Lula da Silva, antecesor, mentor y padrino político de la actual presidenta.

Brasil enfrenta una crisis de fondo que para 2018 sumará 16 años de gobierno de izquierda que no ha podido resolver: una creciente corrupción que se puso en evidencia de forma notoria a partir de las millonarias inversiones para la celebración del Mundial de Futbol. La clase política ha enfrentado el fenómeno de la corrupción que provocó enorme descontento entre la población.

La segunda crisis es el potente crecimiento económico que encabezó el gobierno de Lula (2002-2010) y que fue capaz de incorporar a cerca de 20 millones de ciudadanos provenientes de niveles socioeconómicos desfavorables, a clases medias crecientes y consumidoras. Ese crecimiento, esa extensa oportunidad para millones de brasileños, dejó de florecer durante el gobierno de la señora Roussef.

Corrupción más desaceleración económica, fueron dos elementos punzantes en su campaña, en la que se atacaron, insultaron, maldijeron a bocajarro con los candidatos de la oposición.

En plena conciencia a partir del mensaje del electorado, la señora Roussef apareció en escena después de los conteos que le aseguran la victoria (Dilma 51.5 por ciento-Aécio 48.45 por ciento) para llamar a la unidad. Y no es gratuito. El país está partido, con un numeroso sector descontento y desilusionado de un gobierno que no puede mantener el paso del anterior, y de una clase política contaminada, viciada por la corrupción.

Los escándalos de funcionarios de Petrobras así como de financieros especializados en 'lavado' de dinero, señalan un complejo entramado entre autoridades y cambistas en operaciones ocultas para extraer recursos de la poderosa empresa pública petrolera.

Dilma enfrentará un segundo periodo con menos empleo, menor crecimiento, más descontento y un panorama económico que no apunta a la recuperación.

Su cercana alianza con China no es garantía pues el gigante asiático tampoco está creciendo a los niveles que mantenía en la década pasada. La distancia de Brasil con Estados Unidos podría ser uno de los ejes de corrección y de distensión que el segundo gobierno de Dilma Roussef pudiera modificar. El presidente Obama envió desde Washington mensajes de felicitación el domingo después de los resultados.

Un segundo periodo es mucho más complejo que el primero, porque ya no hay bono de credibilidad y confianza, hay resultados probados y muchas dudas en el camino. ¿Por qué ganó Dilma entonces? Porque la fuerza del PT sigue siendo una maquinaria prodigiosa de movilización social a favor de causas populares, donde su mejor activo es siempre Lula. Carismático, popular, enfermo recuperado, paternal; es la gran figura que le garantiza la victoria a Dilma. Para ella, el desafío es enorme, porque tendría que hacer una sangría significativa en cargos y paraestatales, procesar a algunos señalados por corrupción, al tiempo que genera nuevos motores de crecimiento. Nada sencillo.

El horizonte de los Juegos Olímpicos pudiera ser uno de esos ejes de desarrollo que tanto necesita el país, aunque después, la deuda es aplastante.

Brasil tendrá que recomponer estrategias y posiciones tanto en Sudamérica y el Mercosur, como en su relación con Estados Unidos para buscar alternativas. Rusia y China, a pesar de su manifiesto interés, no podrán ser la clave por sus propias crisis internas.

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