Opinión

Días grises

 
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Melancolía. (saludconcosas.blogspot.com)

Si pudiéramos observar nuestras emociones con menos juicio y más curiosidad. Si tan solo a veces dejáramos de lado el programa oficial, gritón y punzante de pensar positivo o de buscar la felicidad. Si de vez en cuando aceptáramos que los días grises son una parte natural de la existencia y que sin ellos, sin contrastes, no podríamos valorar lo que nos importa.

Temer que los días grises se instalen en el ánimo ocasiona la pérdida de perspectiva. Quizá también la manía compensatoria, que hacia afuera se ve bien: califica mejor socialmente quien parece lleno de energía, aunque en el fondo viva atormentado por la prisa y por el miedo a la depresión. Evitar sistemáticamente los tonos bajos de la vida sentimental es equivalente a vivir huyendo de las pérdidas, del sufrimiento y de las decepciones.

La melancolía es la emoción que acompaña los días en los que es difícil enfrentar las responsabilidades, el tedio de la vida profesional, las contradicciones y dificultades que surgen, sobre todo, en relaciones cercanas e importantes. Sentir tristeza no es equivalente de depresión ni tampoco es un estado del que haya que huir ni del que haga falta curarse. La melancolía de los días grises es un acto de sensatez. Una reacción congruente frente a las realidades difíciles de la vida: amar requiere domar al ego. Somos mortales. La enfermedad es parte de la vida. Mucha gente decente lo pasa muy mal. La lista es larga.

Es probable que, en parte, la connotación negativa haya surgido de las definiciones de Freud, que distingue entre duelo y melancolía, entendiendo a esta última como un estado de duelo patológico, en el que la persona no puede seguir adelante con su vida tras una pérdida.

La definición estricta de las palabras que describen la vida psíquica fue cuestionada por Walter Benjamin, quien retó la idea freudiana y entendió la melancolía no como enfermedad, sino como una emoción y una forma de estar en el mundo.

Quien acepta los días tristes puede crecer en serenidad, en capacidad de entender claroscuros y lo transitorio de las emociones. Combatir lo que se siente es las más de las veces imposible, aunque engañarse es fácil, negando la tristeza por vergüenza de sentirla. Todos hemos desperdiciado la vida pensando que somos inmortales y que tendremos 100 oportunidades para ponernos al corriente.

Que habrá tiempo para salir adelante de todos los asuntos no resueltos y acumulados durante años. Decir que lo peor que puede hacerse con el pasado es arrepentirse, suena bien y es mentira, porque es humano lamentar decisiones que cambiaron la dirección de nuestros pasos, que trajeron desgracia en lugar de tranquilidad. Amanece oscuro a veces y quizá habría que desdramatizarlo. Se dice hasta el cansancio que uno de los primeros pasos para el autoconocimiento es aceptar todos los sentimientos. Se vive poco, se practica casi nada. La tristeza, la melancolía, el gris, son impopulares. Parece que aceptar la tristeza es una derrota, cuando a veces es el único sentimiento que hace sentido.

Personalmente, siempre me preocupan más las personas que evitan la tristeza que aquellas que pueden tolerarla. Quienes se empeñan en estar siempre bien asocian lo triste con aniquilamiento y rara vez piden ayuda. Preocupados por aparentar fortaleza y optimismo frente a los demás, no se perdonan ninguna debilidad y podrían ser las primeras víctimas de enfermedades psicosomáticas o de aquellas en las que el manejo deficiente de la vida sentimental es una variable.

Twitter: @valevillag

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