Opinión

Días de guardar

Gerardo René Herrera Huízar*
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El Papa Francisco visitará Estados Unidos en septiembre

“No intentes convencerme de torpeza con los delirios de tu mente loca. Mi razón es al par luz y firmeza, firmeza y luz como el cristal de roca...”
Salvador Díaz Mirón.

Primero fue Su Santidad Francisco, quien con un neologismo de cuño propio hizo referencia a la desarreglada situación mexicana, el comentario causó, en su momento, peculiar incomodidad en diversos sectores y entre los más conservadores paladines de nuestro añejo y alternativo nacionalismo. La “mexicanización” se incorporó, de manera casual e informal, a nuestro léxico cotidiano y quizás no tarde mucho en tomar plaza formalmente en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. El reclamo diplomático fue tenue y cortés.

Coincidente en sus fondos con la expresión papal (valga subrayarlo, misteriosamente difundida), recientemente la hipersensible piel nacionalista se volvió a irritar con el informe del relator especial de la ONU, Juan Méndez, al señalar que en México la tortura es una práctica generalizada. Pero en este caso, la respuesta gubernamental, por conducto del subsecretario de Relaciones Exteriores fue inmediata y de tono agreste. Con alusiones profesionales y personales se desestimó no sólo la calidad técnica y metodológica de la evaluación, sino la ética del relator.

No extraña el prurito causado en el ámbito oficial por expresiones de este tenor que exponen una crítica situación interna en nuestro país, mucho menos si se toma en cuenta que la orientación del discurso va precisamente en sentido opuesto, tratando de proyectar una imagen progresista, enfatizando logros en lo económico, político y social, en la lucha contra el crimen, destacando la captura de los más buscados y la sensible y exitosa reducción de la inseguridad en zonas otrora gobernadas por la delincuencia. Extraña sí, la aspereza de la risposta, poco cordial y nada elegante.

Sumándose al debate, en el arranque de la Semana Santa el Cardenal Norberto Rivera, durante su homilía en la misa Crismal atizó la hoguera, señalando que “México yace en la esclavitud del crimen derivado, entre otras cosas, por la ambición desmedida de riqueza y de poder, así como de la corrupción...”

La contundente afirmación no puede obviarse, pues se corresponde no sólo con las declaraciones del obispo de Roma y con la evaluación de Méndez, sino con la percepción generalizada de la sociedad, con el escepticismo colectivo que priva en México sobre la realidad que se vive, por la situación de impunidad y corrupción que a diario da muestras de su arraigo en nuestra cultura política.

Si el comentario del Papa, extraído de una conversación privada, se revistió de candidez en su forma, en su fondo refleja, con una óptica externa de la mayor envergadura, la imagen que proyectamos como país. Si a esto sumamos el informe del relator especial de la ONU, las actuales declaraciones del Cardenal Rivera y las aderezamos con la percepción pública: social y política, sobre la corrupción, la impunidad, la inseguridad y la desconfianza ciudadana, que se expresa incluso de manera copiosa en las propagandas de campaña, encontramos una coincidencia innegable entre la imagen externa y la percepción interna que no se puede banalizar, por su trascendencia y por la relevancia de los actores.

No resulta desdeñable, y no sólo en días de guardar, realizar una reflexión profunda, autocrítica y objetiva, sobre la situación que enfrentamos como nación, los virtuales escenarios y las opciones de solución, sin nihilismo ni autocomplacencia.

El autor es catedrático de la Universidad Anáhuac.

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