Opinión

Diálogo sobre lo humano y lo divino

 
1
 

 

El papa incluso le dio su medicina a uno de los niños internados en el hospital. (Especial)

La visita del Papa ha vuelto a exhibir, una vez más, los extremos de México. A los “católicos de Pedro el Ermitaño” y a los “jacobinos de Época terciaria”. Ambos, escribió López Velarde, “se odian los unos a los otros con buena fe”. El poeta zacatecano, que murió en 1921, no pudo ver cómo esa buena fe desaparecía durante los cruentos años en los que se dirimieron las dos guerras cristeras (1924-29 y 1934-38). No somos más tolerantes pese a la memoria de esos conflictos. O quizá no lo somos porque no está fresca la memoria de esas guerras civiles religiosas que costaron miles de vidas. Esa intolerancia ahora vive su fervor solamente en las redes sociales.

De la abundante bibliografía que en estos días encontramos con el pretexto del viaje papal, destaca a mi juicio el volumen que recoge el diálogo entre Jorge Bergoglio, a la sazón Arzobispo y Cardenal de Buenos Aires, y el rabino Abraham Skorka, director del Seminario Rabínico Latinoamericano: Sobre el cielo y la tierra (Random House, 2012), en el que abordan temas como el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto, el ateísmo, el poder, el fundamentalismo, la ciencia y la educación.

Luego de frecuentarse durante años como amigos, “cierto día fijamos lugar y fecha para sentarnos a hablar. El tema era la vida misma en sus múltiples facetas: la problemática mundial, las expresiones de vileza y grandeza que presenciábamos en derredor”. Un diálogo fluido, salpimentado con anécdotas, pero siembre respetuoso. Un magnífico ejemplo de tolerancia y empatía, y la mejor manera de acercarse al pensamiento vivo del Cardenal Bergoglio que, poco después, se convertiría en el Papa Francisco I.

Más abierto a la modernidad que los que lo antecedieron, no puede decirse que Francisco I sea un papa liberal. El catolicismo, desde Pío IX en el siglo XIX, reiteradamente ha mostrado su rechazo a la doctrina liberal, lo que podría parecer extraño dada la tolerancia que la Iglesia ha mostrado con las dictaduras fascistas y comunistas. La corriente liberal del catolicismo, que la hay, se remonta a Erasmo y pasa, en el siglo XIX, por Chateaubriand y Lamennais. En nuestros días, Javier Sicilia ha expresado que el liberalismo “oculta una forma totalitaria disfrazada de libertad”. Por ello no es extraño encontrar en este volumen posiciones muy alejadas de la agenda liberal. “Una filosofía feminista –dice Bergoglio– tampoco le da la dignidad que merece la mujer… Diría que corre el riesgo de convertirse en un machismo con polleras”.

Sobre el aborto, Bergoglio afirma que apoya su rechazo no en una concepción religiosa sino científica: “No dejar que se siga avanzando en el desarrollo de un ser que ya tiene todo el código genético de un ser humano no es ético”. Sobre el mismo punto, el rabino Skorkal manifiesta que el judaísmo considera excepciones (como por ejemplo si el embarazo pone en riesgo la vida de la madre) que Bergoglio y el catolicismo soslayan, para no hablar de casos como la violación, y mucho menos de posturas liberales como el derecho de la mujer a la libre determinación sobre su cuerpo. Y si bien muestra cierta tolerancia respecto a la homosexualidad (el ministro religioso, dice, “no tiene derecho a forzar la vida privada de nadie; si Dios corrió el riesgo de hacernos libres, quién soy yo para meterme”), no ocurre lo mismo con el matrimonio entre personas del mismo sexo (“lo considero un disvalor y un retroceso antropológico”), y mucho menos con la adopción de niños por esas parejas (“si se les da categoría matrimonial y quedan habilitados para la adopción, podría haber chicos afectados”). En este punto, Bergoglio plantea el tema como algo meramente formal: “Más que una ley de matrimonio para que puedan adoptar personas del mismo sexo, hay que mejorar la legislación de adopción, que es excesivamente burocrática”. Huelga decir que este enfoque pasa por alto el carácter discriminatorio hacia los matrimonios homosexuales.

Bergoglio se muestra partidario de la ciencia “excepto que se extralimiten de su campo y se metan en lo trascendente”, lo que complica de modo absoluto los trabajos de avanzada de la física, la biología y la genética. Sobre la educación, aunque reconoce que son los padres los que deben educar a sus hijos en los valores religiosos, considera que “no abrirle las puertas de la cosmovisión religiosa en el ámbito escolar es mutilar el desarrollo armónico de un chico”.

La visita de Francisco I, más allá de sus connotaciones políticas y espirituales, abre la posibilidad de reflexionar sobre una gran variedad de asuntos complejos, propios de un Estado laico asentado sobre un pueblo de una profunda religiosidad.

Twitter:@Fernandogr

También te puede interesar:

El horror a la política

El Chapo, el narco de nuestra democracia

Gutiérrez Barrios: la leyenda, el horror