Opinión

Día del Amor

15 febrero 2013 8:0

 
Estaba yo detrás de ella, que lavaba los trastes, que acababa yo de dejar en el fregadero. Mientras la oía llorar, le dije que, si su humor se componía, podía darme —para sacar toda la rabia que traía dentro, rabia cuya procedencia yo desconocía— una cachetada mientras hacíamos el amor. Más tarde, por supuesto. En este momento a ambos, supongo, la comida nos desmotivaba para desnudarnos.
—¡Ni eso ya hacemos!, ¡cómo te atreves a decir esa barbaridad! —dijo, con un nudo en la garganta.
 
Yo no entendía la razón de sus lágrimas. Ni ella tampoco, creo. De súbito, al tragar una albóndiga —parte de ella, evidentemente; porque si hubiera sido completa entonces habría entendido, sin remilgos, los argumentos de su llanto—, empezó, incontenible, a llorar, lo que me desconcertó, primero, y luego enmuinó, pues la comida, desde ese momento, ya no me supo igual.
 
La miré con ganas de callarla.
 
—Sé que me odias —dijo, con la boca llena.
 
La odiaba, sí, cuando hablaba con la boca repleta de albóndiga.
 
En ese momento sonó el timbre del teléfono. Me levanté para contestar. Silencio en el otro lado del auricular. Eso ha estado pasando en los últimos días, y no sé, la verdad, si es mi amante o, peor, el amante de mi mujer. Tal vez por eso llora. Porque tiene la angustia de la infidelidad. A mí realmente no me importa, ya que no quiero a ninguna de las dos. Las veo como a la distancia. Allí están, pero un día no van a estar.
Retorné al comedor. Me preguntó quién era. No yo, sino el que había hablado. Le dije que su amado. Volvió a llorar.
 
—Ayer fue 14 de febrero —dijo, enjugándose la nariz—. No hubo ni un beso entre nosotros.
Es cierto. Ni un regalo. Ni un abrazo. Nada. A mi amante le llevé flores, que las tiró al suelo porque, según dijo, seguramente eran las de mi mujer que las había rechazado por su latente sospecha sobre mi infidelidad, lo que la atormentaba. A mi amante. Y, creo, también a mi mujer. Cuando las vi en el suelo, a las flores, me retiré indignado. Ella me gritó como nunca antes lo había hecho.
 
¡Si no regresas, idiota, lo nuestro se acabó! —escuché a mis espaldas.
 
Me dio pena por la gente que pasaba en la calle. No tenía porqué escuchar indignidades, ni problemas de terceros, ni peladeces de una mujer atormentada por su amado. Pero a mí esas cosas ya no me importan. Hoy puede ser ella, mañana otra, y al siguiente día quién sabe cuál. Me fui de allí a la casa para mirar la televisión. El programa Infieles. Me encanta cuando los desconsolados engañados reclaman airadamente lo ya perdido. Pobres estúpidos. Ya me veo en un restaurante besando a mi amante y mirando entrar, horrorizado, a mi mujer, rodeada de camarógrafos, gritándome —ella, no la gente de la televisión, que cumple a cabalidad su oficio— que soy un granuja, un sinvergüenza, un descarado, un imbécil, un poco hombre, un desgraciado, un asesino... del amor, claro. Y yo, evitando las cámaras, diciendo que esas cosas no podían estarme pasando a mí. Le diría, a mi mujer —con la angustia en la garganta, tal vez tartamudeando—, que esa desconocida me había abordado de manera inesperada, pero que yo no sabía quién era, que se dejara de memeces, que eso no podía estarnos pasando a ambos, que nos queríamos tanto. Y ya veo a mi amante reclamándome la ofensa de mi indiferencia. A lo mejor aquella noche volvíamos, por fin, a hacer el amor mi mujer y yo.
 
—Ayer tenía una indigestión de los mil demonios —dije a mi mujer, retomando el tema del 14 de febrero.
 
Pero ella tampoco me dio nada, ni dijo nada, sino sólo fue a acostarse después de la cena y, en seguida, se quedó dormida. Antes me gustaba mirarla dormir. Ahora no. Cuando duerme me dan ganas de ir a dormirme en el sillón. No me gustan sus breves ronquidos. Y eso que ella no es grande. Ya me imagino dentro de un lustro, cercana a las cuatro décadas. Tuviera yo que instalar un aparato de sonido para poder equilibrar sus ruidosas respiraciones con algo de hip hop.
 
No quería decirle que entre nosotros ya no había nada, pero ella fue la que lo dijo. Para mi alivio. Me alcé de hombros. ¿Qué se puede hacer contra el instinto femenino? Agarré una servilleta y me puse a dibujar cualquier cosa. Una flor marchita. Un corazón roto. Un rayo caído del cielo directo a una casa, que se incendia con premura.
 
Se fue a la cocina a lavar los trastes, que acababa yo de dejar en el fregadero para no oírla más.
Fue cuando le dije que, si su humor se componía, podía darme una cachetada mientras hacíamos el amor. Más tarde, por supuesto. Sin embargo, en medio de su llanto, dijo que ni eso ya hacíamos, ¡cómo me atrevía a decir esa barbaridad!
 
Pero volvió a sonar el timbre del teléfono. Le dije que fuera a contestar. Que alguien la buscaba. Que contestara de una buena vez.
 
Desapareció de la cocina, y no supe de ella sino hasta cinco o nueve minutos después. Ya no lloraba. Continuó lavando los platos. Luego pasó a mi lado sin mirarme y se fue a acostar en la cama. Al rato escuché sus amplificados ronquidos. Cada día aumentan, aunque mínimamente, sus toscos decibeles guturales. ¿Con quién habrá conversado? Si tuviéramos identificador de llamadas sabría quién molesta a esas horas de la noche.
 
Encendí la televisión, pero casi de inmediato me quedé dormido. El sonido del teléfono me despertó bruscamente. Salté como un niño sorprendido en un juego indebido. Fui a contestar. Silencio absoluto. Colgué.
 
Fui a la recámara. Ella dormía, completamente desnuda, sin una sábana encima. Me dio coraje verla así. No sé porqué. Hace varios años me hubiera zambullido en su cuerpo sin pensarlo. Pero lo que antes me parecía hermoso —su andar como de bailarina dubitativa, digamos— y simpático —su distracción, por ejemplo—, ahora se han transformado en ridiculez —camina en realidad como pingüina extraviada en el Sahara— y anómalo, siempre olvidando dónde deja las cosas.
 
Bah.
 
Me di la vuelta y fui a recostarme en el sillón. Sí, ayer fue Día de San Valentín. Y pensar que antes lo celebraba ahíto de su piel. Mañana voy a ver a mi amante para saber si ya disminuyó su rencor. Me dan ganas de mirarla a ella desnuda. A mi amante. En estos momentos. Por lo menos contemplarla unos siete minutos. Ya después que Dios diga qué puede ocurrir, que yo ya no tengo voluntad para el amor.