Opinión

Día de muertos

    
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Día de muertos, una tradición mexicana. (Shutterstock)

Pensar en la muerte será un sitio inevitable de la mente mientras estemos vivos. También un misterio sin solución, porque ver enfermar o morir a alguien amado, jamás tiene tiene lógica ni es oportuno y casi sin excepción, rompe un pedazo del alma.

Los muertos duelen mucho y siempre; o no duelen nada aunque deberían doler, según los manuales de la normalidad.

Ojalá los intentos de cambiar a los otros y de instruirles sobre cómo hay que sentir la muerte de alguien amado o cuánto tiempo debe pasar para “completar el duelo”, cesaran. No existen caminos previamente trazados que curen el camino de la pérdida. Ningún dogmatismo sirve para abrir conversaciones sobre la vida privada. La experiencia de la muerte es para cada uno, casi como la huella digital. Por eso los talleres y la autoyuda en libros, apenas roza la vivencia profunda del dolor.

Pensar en la muerte podría inducir reflexiones profundas para la vida de algunos. La certeza de la mortalidad deriva en angustia existencial, en fatalismo y algunos otras veces, en deseos de aprovechar la vida mientras dure.

Comte-Sponville nos recuerda que es mejor estar vivos que muertos y que en ese sentido, la gratitud nace de la simple existencia. Sin embargo, existir por existir, sin deseos de logro, puede llamarse muerte en vida, como algunos ancianos, que al verse cerca del final, no encuentran razones para seguir adelante. Ya todo ha ocurrido y ahora tienen más pasado que futuro. También otros, que han sufrido tantas pérdidas, que no logran recuperar la ilusión de vivir después de que han desaparecido del mundo físico quienes les daban sentido de vida. Hay dependencias que son heridas de muerte.

La desaparición del cuerpo es más impresionante por evidente, pero atestiguar una vida desperdiciada es igualmente doloroso y desmoralizante. El miedo y hasta el terror a la muerte es mucho más intenso entre quienes evalúan su vida como absurda. Es frecuente el lugar común de decir que es una pena que alguien haya muerto de repente cuando le quedaba tanto por vivir, pero –con la excepción de niños y adolescentes – nadie puede saber si la cantidad de vida garantizaría la calidad. Hay vidas cortas e intensas, largas e inútiles.¿Cuál es el criterio de valoración? Haber tenido un propósito claro y la voluntad para ejecutarlo. La calidad de vida tiene que ver, desde una perspectiva, con la capacidad de elegir, de corregir el camino elegido, de rehacer lo destruido cuando sea posible; la vida valiosa se relaciona con la amplitud de miras de una persona. Cuánto tiene el mundo para ofrecer es un asunto de ideología: habrá quien tenga pocos deseos y siempre los mismos; otros desearán mucho y siempre más de todo lo que desean. Ojalá que también los intentos de convencer a otros de desear poco o mucho, cesaran. Sería fantástico que dejáramos de advertirle a los otros sobre los peligros de fracasar cuando se intentan cosas grandes, pero tampoco deberíamos aconsejarle a nadie que tenga cierto tamaño de ambición porque eso es un asunto personal y uno que además que no tiene garantías.

El budismo ha insistido en el desapego como una forma de minimizar las pérdidas inevitables por enfermedad, dolor y muerte. En algunas mentes occidentales, como la mía, apegarse desde el amor es el único modo de sobrevivir. Algunos eligen el individualismo, otros la solidaridad.

Todos hemos perdido y seguiremos perdiendo objetos preciosos en el camino, por muerte, por rupturas, por malas decisiones, por decisiones precipitadas, por el maldito azar. Morir, perder, ver a alguien extinguirse hasta desaparecer, enterrar proyectos de vida porque somos frágiles, cobardes, impacientes, intolerantes y porque es verdad: El tiempo se nos acaba.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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