Opinión

¿Deudas imparables?

26 julio 2013 5:34

 
A través de este espacio ha sido posible tener acercamiento con una infinidad de casos de endeudamiento, en donde hay aspectos en común. Por una parte, está el gasto sin control y, por la otra, el apalancar dicha erogación con créditos de todo tipo.
 
 
Les comparto tres experiencias con contextos muy diferentes entre sí, pero con una gran moraleja cada uno de ellos y en donde seguramente algunos se verán reflejados:
 
 
1.- El primero, un joven que entró a trabajar desde los 18 años. Como su salario se depositaba a través del banco, inmediatamente fue un candidato para que le otorgaran una tarjeta de crédito. Fue cuestión de meses para que se vinieran en cascada otras autorizaciones de plásticos y hoy con apenas 22 años ya está con serias dificultades, huyendo de los despachos de cobranza e imposibilitado de adquirir un financiamiento hipotecario por tener morosidad.
 
2.- Otra historia es la de una mujer que labora en una oficina pública y comparte su experiencia con las tarjetas de crédito. Declara enfáticamente: '¡Soy reincidente¡', y acepta haberse endeudado por segunda vez por ese medio en una forma excesiva.
 
 
Dice: “ese es el precio por vivir una vida que no podía (ni puedo) mantener”. Relata la forma en que cayó ante el influjo tentador de liquidar con tarjetas de crédito vacaciones, regalos, salidas a pasear y aparatos eléctricos. Reconoce que si vende algo para pagar, encuentra que le dan unos cuantos pesos y termina reflexionando: 'nada es mío'.
 
 
3.- El último caso es de un empresario, que empezó a endeudarse con el sistema bancario por capital de trabajo; la situación de la compañía empeoró y para hacer el cuento corto, terminó hipotecando la casa, tarjetas hasta el tope, entrando con varios agiotistas y su familia desconoce el quebranto, porque tiene problemas con su esposa y busca mantener el estatus. Arriesgó todo su patrimonio para salvar el negocio y lo perdió.
 
 
En estas tres vivencias hay una evasión de la realidad, al mantener un nivel que no es el suyo y lo sostienen en forma ficticia con crédito que tarde o temprano habrá de pagarse. También, para todos hay una solución dolorosa porque ya hay un quebranto y un reconocimiento de que es imposible liquidar los adeudos.
 
 
En el tercer caso, el del empresario, hay un ingrediente adicional: el grave error de involucrar las finanzas personales con las de la empresa, lo cual conduce a un colapso devastador, porque tarde o temprano el quebranto deberá conocerse y el shock para la familia será brutal.
 
 
La decisión de gastar tiene diferentes elementos; el primero es el emocional, que está relacionado con los deseos de poseer el bien en cuestión. Este factor tiende a ser irracional y busca una justificación con tal de realizar la compra. Los buenos vendedores saben explotar este impulso y seducen al cliente haciéndolo sentir bien con la adquisición. En este sentido, preguntémonos antes de concretar la operación si vale la pena el precio a pagar por la satisfacción que nos generará.
 
 
El segundo aspecto es la necesidad específica del bien o servicio, para lo cual es conveniente tratar de cuantificar muy específicamente ese requerimiento para evitar un autoengaño y justificar la decisión.
 
 
El tercer elemento es contundente, pues implica sopesar la compra con nuestra capacidad de pago y uso alternativo del dinero. Esto nos hace revalorar y enfriar la elección, dejando sólo lo que realmente nos conviene.
 
 
Estos tres pasos le permitirán poner en perspectiva su gasto y tomar conciencia de la importancia del ahorro o de alguna otra meta que se haya impuesto, como cambiar de auto o juntar para el enganche de la casa. Siempre habrá cosas que deseemos y no poseamos; lo recomendable es manejar todo a nivel de presupuesto. En la medida que planee sus adquisiciones podrá gastar sin sentimientos de culpa posteriores.
 
 
Un punto trascendente es evitar el autoengaño y poner un alto a un problema que si se deja de atender a tiempo provoca casos como los reseñados en este espacio.