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Retomo el asunto de los desequilibrios que comentábamos el jueves, antes de que los cambios en el gabinete nos interrumpieran. Antes de llegar a lo prometido, necesito recordarle algo del contexto de las últimas décadas sin lo cual es difícil entender la situación actual. Un poco de paciencia.

Como usted recuerda, entre 1946 y 1971 el mundo vivió bajo un arreglo financiero muy particular, que se acostumbra designar con el nombre del lugar en el que se llevó a cabo la conferencia que le dio origen: Bretton Woods. Los ganadores de la II Guerra, entendiendo que ésta había tenido su origen en las grandes inflaciones y creciente desempleo posterior a la I Guerra, así como al proteccionismo de la época, construyeron instituciones para evitar su repetición: el FMI para evitar crisis inflacionarias, el Banco Mundial para enfrentar el desempleo, y pensaban crear una Organización Internacional de Comercio que no pudo cuajar debido a la oposición de América Latina, de forma que Estados Unidos creó el GATT de forma separada.

Pero también se intentó recuperar un sistema financiero estable, como el que había existido antes de la I Guerra, el patrón oro. Pero el ganador de la guerra, Estados Unidos, introdujo una pequeña modificación al sistema. En lugar de que todas las monedas fuesen intercambiables por oro, y cada una fijase su tipo de cambio contra el metal, como había ocurrido antes de 1914, a partir de 1946 sólo el dólar tenía un tipo de cambio directo con el oro, y las demás monedas lo tenían con el dólar. Digamos que se interpuso el dólar entre el oro y el resto de las monedas. Por otra parte, debido a que se tenía tipo de cambio fijo en (casi) todos los países, para evitar la pérdida del control de la política monetaria se tuvieron que restringir los flujos de capital entre países.

Este arreglo, y la plataforma productiva ociosa de Estados Unidos, primero, y de Europa después, permitió al mundo occidental crecer durante 25 años con muy poca inflación. La posición del dólar entre el oro y las monedas provocó excesos de gasto del gobierno estadounidense (la Gran Sociedad, Vietnam) que obligaron a terminar con Bretton Woods en 1971. A partir de ese momento, los flujos internacionales de capital podían crecer. Dos años después, el embargo petrolero árabe produjo inmensas cantidades de petrodólares (los dólares que obtenían los países árabes por vender petróleo, que colocaban en bancos estadounidenses, los que necesitaban conseguir a quién prestárselos).

Para 1975, el flujo de capitales era inmenso, y son los gobiernos los que piden los créditos. Acá en América Latina, para esconder el fracaso de nuestras políticas, y en Europa para cubrir un ‘estado de bienestar’ que resultaba más caro de lo esperado. Nosotros quebramos en 1982, los países europeos aguantaron más, pero a partir de 1990 ya tenían serias dificultades (por ejemplo, la crisis de Suecia de 1991). Aunque hubo algo de moderación en esa década, a partir de 2000 regresó la locura, en parte porque China se convirtió en una economía grande, con un exceso de ahorro gigante, y en parte porque Alemania también empezó a tener un gran superávit de ahorro. Desde antes, Japón tenía también un exceso de ahorro. Todo eso tenía que absorberlo la economía estadounidense, que incrementa su déficit en cuenta corriente de 2.0 a 6.0 por ciento del PIB, equilibrando las grandes cantidades de dinero que le llegan. Tanto dinero provocó una tasa de interés muy baja, y con ella, una gran locura. De eso, y de los efectos hasta el día de hoy, platicamos mañana.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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