Opinión

Detroit, Pemex y la irresponsabilidad fiscal


 
La responsabilidad fiscal va mucho más allá de balancear un presupuesto, implica asignar inversión a donde optimizará el bienestar de largo plazo de la población. Esto típicamente ocurre cuando se sienta la base para que el gasto público sea multiplicado con inversión privada. Si la alternativa está entre pagarle más a trabajadores públicos o invertir en educación y generar bienestar de largo plazo, la decisión debe ser extraordinariamente sencilla.
 
 
La quiebra de Detroit ilustra claramente lo que pasa cuando al gobierno de una ciudad se le olvida para quién trabaja y con quién compite.
 
 
Nada hay más fácil para un alcalde que comprometerse a ofrecer pensiones insosteniblemente generosas a quienes trabajan para la ciudad, a cambio de su voto. Con la certeza que sólo la aritmética ofrece, a la larga el problema reventará, pero para entonces el alcalde ya se habrá retirado después de gozar de una fructífera carrera política. Por eso los trabajadores públicos deberían tener un poder de negociación colectiva muy limitado.
 
 
A diferencia del sindicato de una empresa privada, donde negocian con el dueño del capital, aquí lo hacen con un funcionario a quien no le cuesta dar de más, y a quien le conviene ceder. Lo mismo ocurre con los pensionados de Detroit que con los de Pemex.
 
En Detroit, hay dos trabajadores retirados por cada uno en activo. En Pemex la relación es inversa, pero su pasivo laboral ha pasado de 435,000 millones de pesos hace 10 años a 1.3 billones a la fecha (deuda que no tienen con qué afrontar), casi lo que valdría toda la empresa.  En ciudades como Detroit, conforme la población de retirados crece, la colosal carga financiera acaba ahogando a la ciudad.
 
 
Para poder hacer frente a sus obligaciones, ésta eleva el cobro de impuestos a individuos y empresas privadas. Pero las ciudades compiten por inversión privada con otras ciudades en su mismo estado, en otros estados, e incluso en otros países.
 
 
Las empresas e industrias se van a donde tienen tres condiciones: infraestructura (comunicaciones eficientes, barrios seguros y limpios, zonas verdes, actividades culturales, etcétera); una población educada a la cual poder emplear, e impuestos proporcionales a los servicios que obtienen.
 
 
En el caso de Detroit, la pérdida de competitividad de la ciudad llevó a que la población de ésta se redujera de 1.8 millones de habitantes a 700,000. La recaudación de impuestos se redujo proporcionalmente, y las obligaciones crecieron exponencialmente conforme más trabajadores públicos se retiraban.
 
 
Al utilizar la mayoría de la recaudación para pagar pensiones de trabajadores retirados, y salarios y prestaciones para trabajadores en activo, la ciudad dejó de invertir en infraestructura, en servicios, en seguridad y, particularmente, en escuelas públicas.
 
 
Después de décadas de invertir mucho donde no se genera nada y nada en lo que podría generar mucho, la pésima educación pública en Detroit se refleja en que sólo 3% de los estudiantes de cuarto año en la ciudad leen en el nivel que deben, 47% de los trabajadores son funcionalmente analfabetas y 79% de los jóvenes son hijos de madres solteras.
 
 
¿No parece a todas luces injusto que por quedar bien con los sindicatos de trabajadores de la ciudad se sacrifique a decenas de miles de niños y jóvenes cuyo futuro ha sido prematuramente coartado?
 
 
Se dice que el capital vota con los pies, va hacia donde tiene las condiciones que hacen sentido. El enorme vació dejado por la inversión que se ha marchado se manifiesta en una ciudad de 200 kilómetros cuadrados que presenta extensas zonas abandonadas, en las cuales llega a haber jaurías de perros ferales.
 
 
Un tercio de las ambulancias no funcionan y a la policía le toma una hora atender llamadas de emergencia, por lo cual los criminales están de plácemes. El precio promedio de una propiedad en el centro de la ciudad ha llegado a ser tan bajo como 5,000 dólares, lo cual genera un círculo vicioso por la ínfima recaudación de impuestos prediales.
 
 
La quiebra de Detroit es un colapso cultural como también lo fue el de Ciudad Juárez, el de Reynosa, o el de muchas otras ciudades en las que las familias se desintegraron, las mamás tuvieron que salir a ganarse el pan, y el estado dejó un vacío que, como todo vacío, alguien acaba llenando.
 
 
En estas ciudades, la falta de inversión responsable del estado –en escuelas y educación, guarderías, parques, campos deportivos- ha dado origen a una generación que dependerá en el mejor de los casos de la beneficencia pública para su manutención, y que, en el peor, será presa del crimen organizado.
Es responsabilidad de la sociedad exigir gasto responsable, manifestándose con claridad y determinación.
 
 
 
 
El columnista es Socio Fundador de SP Family Office en Nueva York y autor del libro Ahora o nunca, la gran oportunidad de México para crecer.
 
 
Twitter: @jorgesuarezv