Opinión

Detrás de la máscara


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Máscara

La máscara es una defensa psíquica ampliamente utilizada y que se hace visible al reconocer a alguien como auténtico o falso; una reacción emocional que identifica la simulación en algunas personas que aparentan ser de un modo, que cuidan excesivamente su imagen pública o que incluso en la intimidad fingen conocimientos, rasgos del carácter, intereses y pasiones que no son verdaderos.

En el mundo psicoanalítico este cuadro recibe el nombre de falso self (no ser uno mismo), término acuñado por D. Winnicott en 1965 y que se define “como una distorsión de la personalidad que consiste en desarrollar desde la infancia una existencia ilusoria con el fin de proteger, por medio de una organización defensiva, el verdadero self”.

Lo anterior quiere decir que el niño aprendió a actuar muy pronto “como si” fuera otro, a enmascarar sus sentimientos, a reprimir sus deseos, a buscar agradar e impresionar sobre todo a la madre, para recibir reconocimiento y amor.

Los síntomas del falso self son la falta de identidad, sensación de vacío, de no existir, de no tener sentimientos auténticos y profundos capaces de conmover. Una herida en el amor propio que impide que la persona se atreva a ser quien es sin importarle la opinión de los otros.

A Jaime se le puede diagnosticar clínicamente por su falta de identidad. Es como un camaleón capaz de ser amigo de todos, con la justificación de ser bondadoso, tolerante y adaptable. La realidad es que no puede ser selectivo ni expresar opiniones que incomoden. Sabe cómo caerle bien a todos, cómo vender la idea de que es una gran persona, buena onda, ligero, capaz de escuchar durante horas a quien sea sin juzgarle.

Jaime fue el rescatador de su madre-niña desde muy pequeño. El conciliador de la casa obligado a resolver los problemas, a poner buena cara y a salvar la situación. Tiene una sonrisa casi permanente y perturbadora porque aunque no esté contento es incapaz de expresar enojo o tristeza frente a los demás. Llorar públicamente es imposible. Jamás ha logrado mostrarse vulnerable frente a nadie. Es difícil amarlo porque se adivina algo falso, frívolo y teatral en su muy cuidada personalidad, orientada a la seducción.

La máscara en Jaime –el falso self– se ha convertido en su verdadero ser. Se le ha olvidado quién es, qué quería, lo que anhelaba. Ahora su misión obligada es darle gusto a los demás.

¿Por qué? Es probable que los deseos del niño nunca se hayan separado de los de los padres, por lo que no pudo formarse un sí mismo diferenciado.

La capacidad para estar solos está atrofiada en los sujetos con problemas de falso self. Sólo existen gracias a la mirada externa. Por eso son capaces de lo que sea, de convertirse en lo que haga falta con tal de ser mirados y reconocidos.

Los simuladores persiguen un self ideal: metas inalcanzables de perfección por encima de la autenticidad.

Frente a estos pacientes o frente a personas así, se tiene la sensación de montaje, de alguien que intenta con demasiado entusiasmo caer bien, ser querible o admirable. Los costos son el vacío y el miedo a ser abandonados cuando los demás descubran que son un fraude; una mentira meticulosamente cuidada para agradar y, paradójicamente, terminar cansando y aburriendo.

Existe en todos un self nuclear (auténtico) que sólo puede expresarse vía los afectos. Lograr identificar los sentimientos y tener la valentía de comunicarlos sin pena a un grupo selecto de entrañables, es un camino de reparación para el simulador.

Ser adaptativo socialmente no equivale a ser un esclavo de las opiniones y gratificaciones externas. Habría que intentar medir los costos en autenticidad y libertad, cuando la prioridad es protegerse del rechazo y la exclusión.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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