Opinión

Deterioro

Las cosas no van bien y cada vez es más difícil ocultarlo. La reciente disminución en las expectativas de crecimiento económico para México según cifras de la OCDE, obligarán -inevitablemente- al gobierno a tener que “ajustar” sus propias predicciones. Pero ese es sólo un signo, un indicador, como dirían los economistas.

Hay otros muchos que se descomponen en la escena nacional con altos niveles de preocupación. Tal parece que la severa realidad se ha impuesto –como hace siempre- sobre los buenos pronósticos del inicio del sexenio.

La situación en Michoacán muestra una relativa mejoría, si se observa desde la perspectiva de la presencia armada y policíaca, desde la disminución de la violencia entre grupos criminales o de las importantes detenciones. Pero la recuperación de la calidad de vida o la reconstrucción del tejido social en comunidades plenamente descompuestas, tomará más años de los que se dicen. Y todo esto por no mencionar el controversial proceso de desarme y los llamados del líder de las autodefensas a un diálogo directo con el Presidente. Ya de Vallejo y su lastimosa figura, ni hablar.

Otros tres estados de la República han registrado nuevos brotes de violencia e inseguridad al mismo tiempo que la estrategia se ha centrado en Michoacán. El Estado de México sigue debatiendo si se trata de fenómenos propios de la entidad o si sufre el efecto cucaracha desde Michoacán. Morelos presenta un escenario inseguro, con elevados niveles criminalidad y con reaparición creciente de secuestros y asaltos. Tamaulipas por su parte, vuelve a ser el centro de la confrontación entre los carteles de aquella región, que reclaman sus territorios y zonas en los que las fuerzas estatales han sido totalmente controlados y las federales no existen.

La economía del último trimestre del 2013 fue peor que lamentable y aunque no conocemos en detalle la del primer trimestre del 2014, no será significativamente diferente. Las evaluaciones iniciales hablan de 1.4 o 1.6 por ciento de crecimiento como máximo.

El debate por las leyes secundarias que enfrenta -en el caso de Telecomunicaciones- los intereses y capitales de los dos consorcios más importantes, carecen por completo de terreno común o de espacio para acuerdos. La autoridad, el gobierno y el Congreso, enfrentan con este paquete secundario la más grave prueba de su autenticidad como servidores públicos y no como agentes o personeros. Si las leyes defenderán los intereses del público o de las empresas, aún está por verse.

El otro debate, el energético –recientemente acicateado por el laureado director cinematográfico- todavía no inicia totalmente, y ahí se enfrentan posiciones ideológicas de nacionalismo añejo, frente a visiones de inversión, riesgo y ganancias compartidas. Difícil solución y más compleja aún la muy remota construcción de acuerdos.

Con todos estos elementos, la imagen del Presidente Peña Nieto pierde cada semana puntos de aprobación y simpatía entre la ciudadanía. El joven, emprendedor y transformador mandatario que cautivó a los medios internacionales y arribó a Los Pinos con energía y decisión, encara a estas alturas el desencanto del ejercicio de gobierno: no todo sale en el tiempo, en la forma y en la dirección que el equipo gobernante esperaba.

La economía no arranca con la fuerza y el dinamismo que ellos han prometido; la seguridad no retorna –y me temo que tal vez nunca lo haga de la forma en que estábamos acostumbrados- y el escenario político que si bien ha marchado con vigor y con resultados, empieza a descomponerse.

Son las primeras señales del desgaste en el ejercicio del poder. Inevitablemente, veremos más.