Opinión

Deterioro interno

  
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Se entiende que llevemos una semana hablando de la elección estadounidense. Pocos eventos externos han sido tan impactantes en México como éste. Desde que Donald Trump se convirtió en candidato, el peso se debilitó más que otras monedas, y hemos pasado de 17 pesos por dólar en marzo a 21. Ahora, al no saber qué puede ocurrir, tenemos inversiones detenidas, que muy probablemente no recuperen un nivel razonable antes de marzo próximo. El impacto económico, que ya es notorio, puede ser mucho peor si hay amenaza concreta de alterar de fondo el TLCAN. La discriminación y amenazas que ya sufren millones de mexicanos en el país vecino es, por sí mismo, una tragedia.

Pero, por mucho que nos importe todo ello, aquí hay cosas qué hacer.
Y me parece que en los últimos meses se ha hecho más evidente que nuestro principal problema no es económico, sino de seguridad. Hay una violencia creciente: de movimientos sociales que se creen impunes, de personajes que ahora se erigen en justicieros, de criminales organizados y no, que paulatinamente nos invade a todos. Es decir, nos vamos acostumbrando a la violencia, y cada vez nos parece menos extraño que aparezca una cabeza en Texcoco y un cuerpo en Iztapalapa, como ocurrió ayer, o diez cadáveres en una carretera, o lo que sea.

Como parte de la campaña electoral de Peña Nieto, se insistió en que todo el problema provenía de una mala estrategia del gobierno de Calderón. Para fortuna del actual presidente, la violencia, medida en homicidios, empezó a reducirse en el verano de 2011, de forma que los primeros años de esta administración parecían confirmar la oferta de campaña: era cosa de tener otra estrategia. Cierto es que nunca hemos sabido cuál era la estrategia anterior ni la actual, pero no nos fijemos en detalles. El problema para Peña Nieto es que desde el verano de 2015 la tendencia se revirtió, y llevamos casi año y medio de violencia creciente (otra vez, midiendo con los homicidios). Y el cuento de las estrategias ya no creo que sirva de mucho.

Para complicar más las cosas, el incremento de violencia ahora también ocurre en el centro del país, cosa que no habíamos tenido en todo el ciclo reciente. Por alguna razón que no he descubierto, hay olas de violencia en el centro de México con más o menos diez años de distancia. Uno ocurrió entre 1994 y 1998, otro más entre 2003 y 2005, y ahora el actual. Pero durante el periodo de la “guerra contra el narco”, iniciada en 2007, el centro del país se había mantenido relativamente en calma. Es importante mencionar esto porque un tercio del PIB y una cuarta parte de la población están en esta región, con la mayor densidad poblacional del país. Si esto se desordena, será mucho más complicado de corregir que lo que ha sido en cualquier otra parte, y mire que no ha sido sencillo en ningún lado.

Quisiera insistir en que no hay solución alguna al problema de la seguridad si no se multiplica el presupuesto de seguridad, justicia y defensa por tres, al menos. Además de eso, no hay duda, hay que resolver la cadena de mando en las entidades federativas, y hay que mejorar significativamente procesos y protocolos, pero nada de eso es posible si seguimos gastando una miseria en este renglón.

Por cierto, un país inseguro y violento no es la mejor carta de negociación con Estados Unidos. Ni ahora ni nunca. Claro que eso no es lo importante, sino la vida y propiedades de los mexicanos, pero si esto no lo han atendido, aunque sea lo otro. Urge.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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