Opinión

Destruye PGR esculturas apócrifas de Marín

 
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PGR.

La destrucción de 93 esculturas falsificadas de Jorge y Javier Marín la semana pasada, a cargo de personal de la PGR, tiene mayores significados que la simple culminación de un proceso legal antipiratería.

Parecería tomar las dimensiones de la venganza final del aparato represor a quienes han tomado la afrenta de hacerse pasar por uno de los artistas plásticos más reconocidos.

El asunto pasa no sólo por la eficacia que leyes y autoridades deben otorgar al derecho de autor como expresión esencial del derecho fundamental de reconocimiento a la creatividad, sino como un punto de inflexión relevante en la defensa de los intereses de los consumidores.

Cuando se trata de la defensa de obras de artistas reconocidos, que alcanzan valores económicos transaccionales, tanto para el que compra como para el que vende, es necesario verificar que el producto es auténtico para salvaguardar los intereses involucrados.

Cuando se vende una pieza falsa de arte, pierde el autor que la deja de vender, pierde el comprador que asume la autenticidad como valor implícito del objeto; pierde el mercado del arte al disminuir credibilidad y ahuyentar nuevos inversionistas, y pierden los otros poseedores de piezas auténticas, que ante el sembrado de la duda ven disminuir la cotización de lo pagado; y que decir de los otros artesanos que dependen directamente del trabajo que el taller oficial del autor puede generar como nuevos pedidos de esculturas para satisfacer el mercado.

El caso de estas falsificaciones es especialmente simbólico, por cuanto ha permitido demostrar las lagunas de nuestro sistema penal, que en su obsesión por definir “tipos penales” deja fuera de su alcance una serie de conductas que atentan tanto contra el objeto jurídicamente tutelado como las directamente definidas en la norma. Es decir, la defensa que se pretende esgrimir por quienes “imitan” obras de arte que claramente pasan como creaciones del conocido artista, es que al no ser “reproducciones” no les es aplicable la definición de la ley. Sin embargo, salta a la vista que el “hombre-pájaro”, iconográfico de la obra de Marín, aparece como sello distintivo de las copias. Sólo un conocedor puede establecer, a simple vista, que no se trata de piezas originales.

El punto sirve para ilustrar la necesidad de que se modifiquen nuestras leyes para flexibilizar estos conceptos, no solo en relación a obras, sino en general de marcas y otras expresiones artísticas que son exfoliadas por vía de “imitación”.

Por lo pronto, las piezas falsas yacen en el piso por fracciones que han sido arrancadas con procesos anticlimáticos de la obra creadora.

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