Opinión

Destino Monterrey

A Stacia.

UNO. Seguí de lejos el proyecto, no sin detractores, de la Macroplaza de la capital regia. Me cuadró. Un enorme espacio público que estrenó Faro y perfiló en el paisaje urbano la Catedral (y los últimos fescos del formidable pintor ateneísta Ángel Zárraga); el Casino y la Mutualista; el Museo de Arte Contemporáneo; y, en la parte baja, el señorial Palacio de Gobierno que construyera, sin excluir la persuasión de las donaciones, el general y Gober de avanzada Bernardo Reyes. El padre de, en numerosa prole, dos luminarias: Alfonso y Rodolfo.

Añádase un Museo de Historia Mexicana, un Museo Metropolitano de Monterrey, un Museo de Culturas Populares y una biblioteca Central del Estado. A unos pasos de la Macroplaza se desarrolló, sufrió el embate de la delincuencia y volvió por sus fueros, un Barrio Antiguo. Y, de preferencia cuando amina un sol de plomo, uno pueda asomarse a la orilla de un río sin agua que, sin embargo, cuando la lleva, levante olas e inunda los alrededores. El Santa Catarina.

DOS.
En los 80’s, 90’s del pasado siglo, condiciones hubo para una corriente de colaboración entre Difusión Cultual, de la UNAM, y su contraparte, la Universidad Autónoma de Nuevo León. No dudo que influyeran, de una parte, la beligerencia cinematográfica, en el equipo, del regiomontano Carlos González Morantes; y, de otra, que Monterrey fuera escala en la ruta a la Escuela de Extensión en San Antonio, Texas.

En uno de los viajes se me adelantó, una semana, el ciclón Gilberto. La curiosidad me llevó a la desaparecida Librería Castillo, en la peatonal Avenida Morelos; me ví recompensado con un libro con textos y fotografías de los dos desastres, el de 1909 (con don Bernardo todavía al frente del gobierno, pero a punto de ser exiliado por Díaz, para sacarlo de la jugada de 1910) y el de 1988.

TRES.
De una segunda etapa, acicateada por el Forum Universal de las Culturas, el fluvial Paseo Santa Lucía, tomé nota a través de un artículo de mi amigo Jorge Pedraza, testigo y actor del acontecer cultural regio, de fecha 13 de julio de 2005. Día en que comenzaba la obra. La navegación comunicaría la Macroplaza con el Parque de la Fundidora. Y sembraría el Museo de Historia Regional del Noroeste y el Museo del Acero. Y como la Macroplaza, en su momento, El Paseo Santa Lucía se abrió al público.

CUATRO. La ocasión para conocerlo, navegarlo, se presentó fausta. Organizado por la UANL, la tarde noche del lnes 28 de julio se celebró un homenaje al tapatio y chilango Emmanuel Carballo. En la mesa: Beatriz Espejo, Rogelio Reyes, y el que suscribe. Moderado moderador: el amigo y anfitrión José Garza. Escenario: el Colegio Civil de Nuevo León y su doble divisa, sólo en apariencia contradictoria: la Raza, el Universo. Edificio emblemático. Aquí estudiaron dos de las figuras neolonesas de las que escribo y seguiré escribiendo con profusión: Alfonso Reyes y Nemesio García Naranjo. Lista a la que menester el añadir a Rodolfo Reyes (de quien está por aparecer mi edición de sus sorpresivas memorias) y a su padre, el general caído frente a la Puerta Mariana de Palacio Nacional al arranque de la Decena Trágica.

CINCO. Más que familiar, a la UANL, Emmanuel Carballo. Profesor invitado, conferencista, y autor. El homenaje hizo visibles dos trabajos acusiosos de Rogelio Reyes: Emmanuel Carballo, Protagonista de la literatura mexicana (2004, 2014); y Vocación incómoda. La crítica literaria de Emmanuel Carballo en México en la Cultura (2012).

Como remate de acto, muy concurrido, una integral, omnicomprensiva exposición fotográfica procedente del archivo personal del autor de Párrafos para un libro que no publicaré nunca, su última publicación en vida (léase, pág. 58, su provocadora lista IO autores mexicanos fundamentales; aguijón de los excluidos).

SEIS. Por deliciosas tengo las conversaciones con Beatriz Espejo. Sorpresivo el encuentro, y convivencia, el pan y la sal, las coincidencias y las divergencias, con Ramón Córdova, Marlen Curiel Ferman y Wendy Guerra a lo que añado a mi paisana Mariana Gómez. Gratísimo rencuentro con Alfonso Rangel Guerra y Luis Todd. José Garza puso en mis manos un tesoro de 1909: El río fiero bramaba: 1909, de Oswaldo Sánchez (de cuya edición original manejé una fotocopia). Y por amor a mi tierra. Lampazos de Naranjo, de Roberto L. Naranjo. Y sus crónicas, las que clavaré el diente.

Morosos paseos por la Macroplaza y Paseo Santa Lucía de un Monterrey que, sin embargo, sigue los malos pasos de la Ciudad de México. Saturación de todo. Hasta de la saturación.