Opinión

Desprestigios, simulaciones, complicidades


Lo que ocurre con los galardones periodísticos, ya tan desprestigiados en el país (sobre todo por esa simulada complicidad entre los jueces y los favorecidos), es que en realidad —válgase la redundancia— no ocurren: son ignorados hasta por los propios hacedores de la información, al grado de que nadie, ninguna empresa, les hace caso, a menos que alguno de su nómina se haya ganado uno. Entonces publican su nombre o lo vocean, ni siquiera con gran despliegue, sino de manera discreta, como no queriendo hacerlo, y se omiten, por supuesto, los restantes nombres de la lista.
Apenas, por ejemplo, a principios de marzo —el martes 5, para ser precisos— se entregó el denominado Premio [Ciudadanizado] Nacional de Periodismo sin que haya causado furor en los medios (50,000 pesos a cada uno de los sorteados). Y hace unos cuantos días —el miércoles 13, para ser precisos— también se llevó a cabo la ceremonia de los galardonados de esa otra esfera que representa el Club de Periodistas, ¡que puso en las manos de más de cuatro decenas de personas su diploma (sin un peso de estímulo), entre ellas a miembros que se lo han llevado más de cinco veces, como si se tratara de un juego de atari!
¿Quién, a esta altura, se va a creer que Carlos Loret de Mola sea nuevamente premiado por una “entrevista exclusiva” si todos los espectadores sabemos ya de su mediano nivel como entrevistador? Los propios premiados, a veces, hacen que los premios rebajen su prestigio (no el suyo, sino el del Premio, que los prestigios en México son ambiguos, ya que hay “periodistas” mediocres con enorme influencia y enriquecidos por el solo hecho de salir a cuadro). El de la Ciudadanía, que se quiere serio —porque es el resultado de aquella vieja premiación gubernamental que entregaba puntualmente cada 7 de junio el presidente de la República, acto insoslayable que aparecía, allí sí, siempre en las portadas y merecía varios minutos en la industria mediática, básicamente para exaltar la figura del mandatario en turno—, no ha podido salir de su extremado vicio, que es el de premiar a los que se consideran las personalidades “relevantes” del momento (o referencias impuestas por un gremio cada vez más atomizado), cayendo, como ha caído desde hace años, en una entrega oficial, aunque no sea oficialista, de amistades y sectarismos.
Quizá por eso el discurso de Fátima Fernández Christlieb, la presidenta en esta ocasión del jurado, llame la atención porque se vislumbra, acaso por primera vez, la gana de dejar atrás las costumbres establecidas que han dañado, con el tiempo, este tipo de premiaciones basadas en reconocer a los vecinos, no a los extraños, aunque los primeros no sean tan buenos como los segundos, de ahí que, cíclicamente, los ganadores del certamen anterior galardonen ahora a sus conocidos, los que, a su vez, se los darán a los suyos, los que, a su vez, seleccionarán a los de su querencia, los que, a su vez, se los entregarán a sus compadres, etcétera. Fátima Fernández Christlieb, que yo sepa, es la primera que pone el dedo en la llaga, mencionando este visible defecto: “Por lo pronto —dice la especialista en medios de comunicación— este Premio Nacional de Periodismo tiene que sacudirse inercias del pasado”.
Por supuesto. Porque, y lo dice Fátima, “muchas de nuestras prácticas se han estacionado”. Y se pregunta si los “trabajos premiados han contribuido a estimular la calidad del periodismo en México”. Y la respuesta es clara: evidentemente no, porque las más de las veces no se sabe cuáles trabajos son los premiados, ya que los periodistas no se leen entre ellos, mucho menos si trabajan en empresas distintas. Sólo el jurado sabe a quién está premiando.
“Habría que hacernos también preguntas sobre los procedimientos —dice Fátima Fernández Christleb—. ¿Por qué los llamados ciudadanos no modificaron el método de inscripción al Premio? ¿No habría que cuestionar el hecho de que el propio medio o el periodista sean los únicos que envíen candidaturas? ¿No convendría que un jurado ciudadano, apoyado tal vez por escuelas de periodismo, diera seguimiento a todo lo que durante un año se difunda y también de este modo tuviéramos propuestas? Varios miembros del actual jurado opinamos que el reconocimiento fundamentado en lugar de la inscripción previa es algo a considerar a partir de ahora”. Porque “premiar significa mostrar referentes de calidad informativa no sólo en su forma sino, y sobre todo, en lo que dicen, en para qué lo dicen, en la intención de lo que dicen”.
Y esto en realidad sí es nuevo, pues por fin se premiaría a quien lo mereciera, no a quien nada más se inscribiera (a sabiendas de que en el jurado se hallan amigos suyos, que eso pasa con una frecuencia inusitada). Sí, siempre lo he dicho: un premio es un reconocimiento otorgado por lo que vale el premiado, que no tiene porqué pedirlo. Y en México se ha hecho costumbre de que si no pides tu premio, jamás te lo van a dar.
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De pronto me mostró un texto nada más para que yo viera su calidad, y lo que leí era una cuarteadura del lenguaje. Pero se enorgullecía de ello. Me hablaba de su solidez profesional, de su honda relación con los “grandes” del gremio, de su profunda “amistad” con los veteranos, de su —aun sin un trabajo estable en la prensa— Premio Nacional de Periodismo, lo que lo ha llevado hasta mí, porque quiere publicar una vez por semana.
¿Cuánto es lo que dice que me va a proporcionar monetariamente por mi colaboración? —me pregunta, mas lo cierto es que yo no le he ofrecido nada.
Le digo, entonces, que a su escritura le hace falta vigor. Y no lo hubiera dicho. Porque el hombre estalla. ¡Es Premio Nacional de Periodismo! ¡Cómo me atrevo a disminuirlo! Él, tan crítico con el poder, que ha saludado de mano a no sé cuánto demagogo encaramado en los goznes de la política nacional, me dice que tenga un poco de consideración hacia su trabajo, calificado como uno de los abanderados del “periodismo de a pie”, aunque él jamás haya ido a pie para conseguir datos para algún reportaje (pues está tan cerca del funcionariato que no tiene necesidad de sufrir las colmadas burocracias a las que se enfrenta el reportero común, ya que sus fuentes le proporcionan cualquier mínimo requerimiento suyo).
Pero no, no me doblega su ruego: su escritura habla por él, no su fama. Y aquí recuerdo a tantos “periodistas” premiados que ya no ejercen el oficio, que están del lado ahora de las funciones públicas. Incluso recuerdo a un “periodista” premiado en el área de la cultura en la FIL de Guadalajara... ¡cuando ya estaba distanciado de la prensa cultural! Alguna vez Gerardo Estrada, que ha ocupado todos los sitios posibles del funcionariato cultural, a excepción del rectorado del Conaculta, declaró que, para no tener problemas, con los premiados, consultaba a Carlos Monsiváis, quien, en su tiempo, era el que decía quién podía ser premiado literariamente y quién no, quién cantaba en Bellas Artes y quién no, quién bailaba bien y quién no, quién era buen poeta y quién no. Por eso no premiar un texto de Carlos Monsiváis enviado a cualquier concurso era una ofensa, y una afrenta, y una indecorosa perturbación, y un riesgo profesional para el juez... porque si Monsiváis se enteraba quién se había opuesto a su premiación, su carrera ya no tenía futuro.
Así se manejan estas cosas. Por eso mucho me temo que las palabras de Fátima Fernández Christleib el viento se las va a llevar al cesto del olvido. Porque, y es triste decirlo. ¿a qué juez le importa participar en un juego aparentemente democrático si no es para ejercer su influencia recompensando a un querido amigo? (Víctor Roura)
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Entonces era Héctor Aguilar Camín quien fungía como presidente del jurado calificador de los Premios Nacionales de Periodismo. Estaba con todos los otros jueces, que esperaban las lecturas correspondientes para poder designar a los galardonados. En el apartado de la cultura, que antes existía, de pronto el asesor intelectual del presidente Carlos Salinas de Gortari se percató de un sobre que proponía el nombre de alguien a quien él no toleraba. Y, delante de todos, lo arrojó a la basura. Nadie dijo nada. Ni Elena Poniatowska, ni el afamado fotógrafo, ni el cronista de la ciudad. Nadie dijo nada, ni nadie se inmutó, nadie sintió un hormigueo extraño por su piel. Nadie tampoco miró a ninguno otro, nadie intercambió miradas, a nadie se le ocurrió protestar por aquel vergonzoso acto.
El premiado en la zona cultural fue, por supuesto, un amigo del presidente de la asamblea dictaminadora.
Nadie se opuso. De todas maneras, era amigo también de todos. Y se congratularon por ello.