Opinión

Despidiendo a Obama

25 noviembre 2016 5:0
 
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Los chistes de Obama sobre pavos

Uno. Indudablemente, apuntó el presidente saliente de Estados Unidos, en su libro La audacia de la esperanza, que sus visiones le causaron problemas. ¿Qué visiones, qué problemas? Vamos al principio. Andaba en sus 35 años, con cuatro de egresado de la Universidad (Derecho), casado e impaciente con la vida, cuando lo animaron a buscar una curul Legislatura de lllinois. Lo antecedentes no eran de poca monta: organizador comunitario, defensor de derechos humanos.

Dos. Debutó cual debutante, hablando con todo Dios, distribuyendo propaganda electoral a diestra y siniestra. Invariablemente lo asaltaban dos preguntas de sus posibles votante: a) ¿dónde había pescado un nombre tan chistoso?; b) siendo un buen tipo, ¿cómo es que se había metido en algo tan sucio y repugnante como la política? Nada le costó encontrar en la última pregunta un cinismo, más que sobre el ejercicio político, sobre la mismísima vida pública: fruto de promesas rotas.

Tres. ¿Se desanimó el joven, pero ya maduro Barack? No. Contraatacó. A su vez adujo que amén de aceptar las bases del escepticismo, debía reconocerse otra tradición de la política norteamericana, arco que se tendía entre los días de la fundación del país y la gloria del movimiento de los derechos civiles; tradición basada en amarras comunes, en la evidencia de que es más lo que une que lo que separa; y que pensar y actuar así, si bien no resolvía todos los problemas, permitía que se lograran cosas con sentido. Y llegó a la legislatura local.

Cuatro. Seis años después “corre” por el Senado. Y aunque había conservado su independencia, su buen nombre y su matrimonio con Michelle, sufría una agitación que no le permitía apreciar lo positivo. Además, la dinámica política había cambiado: a partir del 11 de septiembre de 2001 las primeras planas se ocuparon, si no de Obama, sí de un Osama Bin Landen enemigo número 1 de Estados Unidos. ¿Iba a cambiar a estas alturas de nombre?

Cinco. Surgió el desaliento, la pregunta sobre prioridades, la asunción de que el sueño motor no se había cumplido, el reconocimiento de límites (y, en algún sentido, cita textual, “my morality”). Pero, en vez de la retirada, el replanteamiento. Aceptación del trabajo bien hecho (impuestos, seguridad, salud, trabajo). Y ejercicio físico, vida familiar, lectura de novelas. ¿Y por qué no un último intento de servir?

Seis. La esposa asiente (aunque no compromete su voto). Obama se lanza por el Senado con un pequeño equipo de jóvenes y sin contar con el apoyo de la maquinaria estatal del Partido Demócrata. Y elije una táctica de campaña: callarse la boca (¿imagínese el lector!), escuchar de tiempo completo al ciudadano. ¿Temas? El trabajo, los negocios, los despidos, la escuela, el coraje contra Bush pero asimismo contra los demócratas; sin que faltaran teorizaciones sobre el desempleo y los altos costos de la salud.

Siete. ¿Qué esperaba la gente modesta por encima de raza, región, religión y clase? La oportunidad de trabajar, de una buena educación para los niños, el acceso a la educación superior de la gente pobre; estar a salvo del crimen y de los terroristas; contar con aire y agua limpios; retirarse con dignidad y respeto. Y aunque no se esperaba que el gobierno resolviera todos los problemas, podía ayudar. Tales los nutrientes de su campaña al Senado y del libro aquí comentado. Y la conciencia de un rimero de valores, inscritos no sólo en los monumentos sino en el corazón y la mente.

Ocho. ¿De qué manera, en el globalizado mundo actual, lograr un consenso sobre ideales nacionales? ¿Estos no podrían ser subvertidos en términos de poderío e intolerancia? Pero no había de otra. O se iniciaba el proceso de cambio de la política y de la vida civil o la actual generación dejaría atrás, como nunca antes, una nación fracturada. ¿Tenía el senador, profesor, padre, abogado, marido, cristiano y escéptico, la fórmula mágica? No. Convicciones, sí. Mercado libre. Libre expresión política (la correcta y la incorrecta). Competencia. El fracaso en no pocas áreas del gobierno, pero la certeza de que la Constitución norteamericana guarda el espíritu de una conversación democrática.

Nueve. En esta apretada síntesis de un corte autobiográfico previo a la candidatura a la presidencia, y una presidencia en sus últimos días, me queda una sensación de novedad. El reclamo de una refundación de la política y la civilidad cívica. Que, en primera instancia en la cosa pública (tan expoliada, tan degradada, tan malbaratada) está el verdadero juego. La Nación, por un lado; los partidos políticos, entre nosotros fraudulentos, pifia pese en los setentas al inocente candor de no pocos intelectuales, algunos con posgrado, de otro. Brutal es la comparación del político estadista Barack Obama con Donald Trump. Pero no sólo con él.

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