Opinión

Desmesurado el fanatismo de los integristas islámicos

León Opalín

De acuerdo al Pew Research Center´s (PRC) con sede en Washington, el número de musulmanes en el mundo superó 1,600 millones en el 2010; su crecimiento medio anual de 2.2% en las últimas dos décadas fue el más dinámico en todo el planeta. PRC prevé que la tasa de avance de la población musulmana será más moderado en los próximos dos decenios, 1.5%, como promedio anual en ese periodo; para el 2030 los practicantes de la fe musulmana sumarán aproximadamente 2,200 millones, representarán más de una cuarta parte del total de los habitantes del mundo.

El rápido adelanto de la población musulmana en los últimos 20 años se explica principalmente por su elevada tasa de fertilidad, el alto porcentaje de personas en edad de procrear y el aumento de la esperanza de vida; estos causales se mantendrán en el futuro. En este contexto, existe una gran preocupación en el ámbito no musulmán, no sólo por el rápido aumento de la población musulmana, sino por el aumento de la radicalización de los creyentes de esta religión; esta amenaza también afecta a los propios musulmanes que no comparten la posición radical y que son la mayoría. Cabe considerar que el islamismo es evaluado en el presente como una de las religiones más violentas; en este sentido, Tina Magaard, graduada de la Sorbona en Paris, especialista en temas religiosos, considera que los textos del Islam son distintos a los de otras religiones, en virtud de que llaman con mayor grado de violencia a agredir a seguidores de otras fes. Para muestra basta un botón: al principio de mayo decenas de miles de personas pertenecientes a grupos radicales islámicos se manifestaron en las calles de Dhaka, capital de Bangladesh, país con mayoría musulmana, “para pedir la pena de muerte a quienes blasfemen contra el Islam”, petición que ha sido una constante entre miembros radicales islámicos en Europa.

En el libro sagrado de los musulmanes, el Corán, existen varios enunciados que llaman a la violencia contra los infieles, los que han servido de pretexto para que los integristas propugnen por una Guerra Santa, la Jihad, contra los infieles. La especialista en el Medio Oriente, Esther Shabot, señala que el término Jihad se ha vuelto “inmensamente popular en las últimas décadas; aparece en discursos y arengas de clérigos y políticos. El propósito de la Jihad es extender la ley islámica, la Sharia, para que esta sea el sustento fundamental del poder político donde quiera que sea; el ideal es instaurar Estados regidos por la Sharia porque sólo así se puede imponer a la sociedad la normativa legal grata a los ojos de Dios. El razonamiento es que si no se procede así, los infieles son los que gobiernan y la Sharia no podrá ejercerse”. Así, el objetivo principal no es convertir masivamente al Islam a los infieles, sino someterlos.

Otra de las crecientes demandas de los clérigos islámicos radicales es que la apostasía en esta religión sea castigada con la pena de muerte.

Asimismo, entorno a las transgresiones a las disposiciones del Islam, las mujeres han sido las más afectadas. Al respecto la periodista española Pilar Rahola, comenta que si bien en el cristianismo y en el judaísmo existen rasgos de misoginia, ambas religiones, de alguna forma, han buscado conciliar los derechos de la mujer con la sociedad moderna, aunque quedan asignaturas pendientes en esta materia; en cambio, en el Islam, “lejos de avanzar hacia la igualdad han iniciado un terrible retroceso; el hecho de que muchos países musulmanes permitan casar a niñas de nueve años, o realicen la mutilación genital en los hospitales, ya es una metáfora de esa locura.”

En este marco el ascenso al poder de Mohamed Mursy en Egipto, proveniente de la Hermandad Musulmana y su convicción de introducir la Sharia en ese país, ha provocado violentas reacciones de los musulmanes moderados que representan una parte significativa de los más de 80 millones de habitantes de Egipto. Esta historia se repite en Túnez; igualmente, existen expectativas de que el régimen que substituya a Bashar al Assad en Siria, se regirá por la Sharia.

Sobre lo que acontece en Marruecos, el periodista español Ignacio Camberro, da cuenta en el diario El País de los enfrentamientos que se registran entre islamitas y laicos. Camberro menciona que la apuesta a modernizar el Islam en Marruecos lanzada por un intelectual bereber (población autóctona del norte de África previo a la llegada de los árabes) ha desatado la furia de los salafistas, imanes, ilemas y hasta el jefe de gobierno de Rabal. No obstante que los bereberes son musulmanes, intelectuales de ese grupo étnico luchan por preservar su identidad preislámica y abogan por la práctica de una religión tolerante; el filósofo y profesor, Ahmed Assid, de origen bereber, busca una relectura del Islam que pueda conjugar textos religiosos y valores contemporáneos.

Así, el ascendiente número de musulmanes extremistas y la desmedida violencia que practican, representa una amenaza para la paz mundial.