Opinión

Desmesura

La idea de que los pueblos tienen un cierto carácter fue popular por mucho tiempo, pero ha dejado de serlo. En realidad, más que un carácter, lo que hay son estereotipos, que siempre tienen mucho de verdad. Aunque ésta se pierde al generalizar, al grado de que puede convertirse en una excusa para la discriminación, racial o étnica.

Pero sí hay una regularidad en el comportamiento que hace suponer que los ingleses son flemáticos (pero no todos, ahí están los hooligans), que los franceses son estirados, los argentinos presumidos, los italianos gritones, y así en general. Son, insisto, estereotipos. Regularidades de comportamiento en grupos que, por alguna razón, se interpretan como representativos de un país entero, sin serlo.

Así se creó el estereotipo del mexicano flojo, que desmienten los millones que se ganan la vida trabajando más de diez horas al día, como sabemos ahora. Los mexicanos no son flojos, ni mucho menos. Pero tampoco son tan creativos como dice otra creencia infundada. Tengo la impresión que si hubiese un rasgo de carácter que pudiese servir de referencia para los mexicanos, con los defectos ya mencionados, es la desmesura.

Las atenciones que prodiga un mexicano a quien lo visita, el derroche en las fiestas, la cantidad de cuetes para celebrar al santo, no tienen medida. Las quejas, la percepción del desastre inminente, la recopilación de agravios, son igualmente ilimitados. Lo que sea que se haga, se hace desmesuradamente. Aunque en todas partes la posición jerárquica implica obedecer a unos y ordenar a otros, aquí esa posición se convierte en definición vital: el que sigue órdenes lo hace hasta la abyección, mientras que el que manda se transforma en déspota. El que llega a posiciones de poder abusa del mismo, mientras que el que no ha llegado acumula todo el odio posible en contra de aquél.

No hay medida, parece: la corrupción en los gobiernos no se limita a extender algunas prestaciones del puesto, se usa para enriquecer generaciones enteras de la familia; los empresarios con éxito rápidamente intentan eliminar a su competencia y entrar a la lista de Forbes; los criminales, con la misma celeridad cancelan la humanidad de los demás, y actúan tan salvajemente como es posible imaginar. O más.

Insisto en lo dañino de los estereotipos y las generalizaciones. Lo que me interesa es llamar la atención a un fenómeno que tal vez sea signo de los tiempos, tal vez ocurra en mayor medida en México, o tal vez sólo me lo parece. Compartirlo acá ayudará a validarlo aunque sea un poco.

Somos desmesurados: en los dramas y las alegrías, en nuestro inminentismo (como le decía Monsiváis) y tremendismo, en nuestras estructuras, en la violencia, en la corrupción.

La falta de medida hace muy complicado enfrentar los problemas, porque los planteamos como si fuesen cuestión de vida o muerte, magnificamos costos y virtudes, ampliamos causas y efectos, y acabamos enviando todo a la Constitución, porque todo, en nuestra desmesura, es igual de importante: todo alcanza el máximo posible.

Pero debe ser un estereotipo. Hubo salvajismo como el nuestro en la Guerra de los 30 Años (1618-1648), y hay polarización como la nuestra hoy mismo en Estados Unidos, y hay sensación de desgracia como la nuestra hoy en España.

Dejémoslo entonces en una simple sugerencia: hoy en México necesitamos mesura.

Twitter: @macariomx