Opinión

Desigualdad, juventud y violencia

La Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico -OCDE por sus siglas en inglés- reportó un escenario nada tranquilizante para México en materia de bienestar social. En su reporte “Social at Glance 2014”, para el caso de México menciona que el ingreso promedio del 10 por ciento de los más ricos es 29 veces al correspondiente al 10 por ciento de los más pobres de la población, en comparación con el promedio de la OCDE de 9.5. Según la OCDE, México ocupa el segundo lugar en desigualdad de la lista de países que conforman tal organización. Empero, el “índice de satisfacción de vida es de los más altos” lo cual parece ser paradójico.

Las infortunadas jornadas de violencia que han vivido entidades federativas como Tamaulipas, Veracruz, Chiapas, Sinaloa, Michoacán, por mencionar algunas, parecen no cesar. Debido a lo inhumana que resulta cualquier ejecución, la atención está centrada en dichas entidades federativas (como es de esperarse). Sin embargo, ningún estado de México está exento. En muchas otras partes de México, además de los asesinatos hay otro tipo de violencia a la que infortunadamente, por resignación o porque “al menos no estamos peor que el vecino” nos hemos acostumbrado, es a los asaltos, robos, violaciones e incluso al bullying, es decir, la violencia como un modus vivendi.

Buscar las causas de la violencia no es una tarea sencilla y simple. Para solucionar dicho problema no basta con el simplismo de encasillar a la gente en los conceptos de buena y mala. Si bien cada entidad federativa está sujeta a un escenario social complejo y distinto, el común denominador de la sociedad mexicana es la desigualdad económica. Ésta si no es la única, es una de las principales causas de esa violencia. Asociado a la desigualdad también está la falta de seguridad social, cuyo presupuesto público con relación al PIB en México, según la OECD, es el más bajo de la lista que integran dicha organización. Lo anterior sin mencionar el corte asistencialista de los programas que sólo reproducen los círculos de miseria de algunos de sus beneficiarios.

La paupérrima creación de empleo, los salarios mal remunerados, así como la poca seguridad social, crean una combinación que desemboca en una desigualdad alarmante que como subproducto tiene a la violencia. Así las actividades delictivas encuentran suficiente mano de obra “desechable” particularmente en la juventud. A los jóvenes de hoy, el actual modelo económico no les ofrece expectativas de vida con bienestar. Suficiente es mencionar que de la población joven, el subconjunto con mayor desempleo es aquel que cuenta con educación superior.

Si bien es cierto que la decisión de ejercer una actividad delictiva es individual y sujeta a variables psicológicas influidas por instituciones como la familia, es importante señalar que esos individuos e instituciones son parte de una sociedad que altera la lógica de su funcionamiento. Por ejemplo, es frecuente encontrar familias, sobre todo en la clase baja y media, en las que los dos padres trabajan jornadas laborales superiores a las 8 horas –con la finalidad de conseguir algún ingreso extra-, de tal suerte, los hijos, en el mejor de los casos, se educan con los abuelos, tíos, o algún familiar cercano. En el peor se “educan” solos. Esta imagen familiar cercana hace que no vean ningún sentido a los trabajos honestos pero mal remunerados o a estudiar, pues ni siquiera encontrarán empleo.

Así los niños y jóvenes quedan a merced de patrones de vida en las que las actividades delictivas les ofrecen conseguir todas las comodidades que no les ofrece el mercado laboral legal ni mucho menos les ofrecerá el estudio. Todo esto afecta la psique individual de los jóvenes: una vida familiar fragmentada, patrones de vida legales que nos les ofrecen  bienestar y patrones de vida ilegales que ofrecen: autos, poder, dinero y demás comodidades, aunque ello cueste la vida.

Así, todas estas variables van dando forma a una cosmovisión colectiva para los jóvenes, donde a través de la violencia y no de la educación consiguen una movilidad social mayor, y no sólo eso, sino también poder, incluso sobre otras personas. De ahí que no sorprendan patrones como el bullying . Así que para evitar seguir tirando más vidas, como víctimas o victimarios, a la fosa común de la violencia, es necesario pasar más allá del discurso de buenos y malos a un discurso donde el sujeto social realmente sea una base para el crecimiento y desarrollo del sujeto individual de nuestra sociedad.

*Catedrático de la Facultad de Economía – UNAM.

Correo: semerena@unam.mx