Opinión

Desgarrar vestiduras

 
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Hoy Alejandro González Iñárritu podría pasar a la historia si gana con "Birdman", A Mejor Director y Mejor Película. (Reuters)

Ustedes no están para saberlo, pero Gil sí para contarlo. Los jueves, a eso de las dos de la tarde, Gamés abre una botella de champaña y sirve el vital líquido (agua de vida) en una copa, la clásica flute, y bebe sin impaciencia. Desde luego bien fría y de sabor quizás en texturas de pinot noir. Tocó su turno a una botella Henri Abelé, maison fondée en 1757 en Reims, Francia. Este nombre que guarda las burbujas de la ivrerie, ese estado que no corresponde a la borrachera y tampoco a la sobriedad, ese nombre, decía Gil, trae consigo una historia.

Henri Abelé era la marca triste de la champaña que tomaban los viajeros del Titanic la noche la noche del 14 de abril de 1912 en que el filo del hielo abrió el casco de esa utopía como si fuera un abrelatas sobre una lámina vulgar (lo que se dice prosa inspirada).

Gilga miró a través de las burbujas y se peguntó, como si fuera un sobreviviente del Titanic: ¿se ha estrellado México contra un gran bloque de hielo? ¿Se acabó México? Preguntarse esto mientras se bebe un copa de Henri Abelé tiene su chiste y desparpajo.

Estas preguntas surcaron la cabeza de Gamés (surcar es un verbo más prestigioso que pasar) mientras leía el artículo de Jorge Zepeda, flamante articulista de su periódico El País. En el texto de marras (gran palabra), “Un país empriantanado”, Zepeda recoge las declaraciones de González Iñárritu, Guillermo del Toro y Fernando del Paso acerca la oscuridad mexicana de nuestros días.

Por orden de aparición: “Los gobiernos ya no son parte de la corrupción, el Estado es la corrupción”; “Me encantaría sentarme con la clase política y prenderles fuego para que hubiera voluntad histórica, no nomás voluntad de robar”; “Nuestra patria parece desmoronarse, algo se está quebrando en todas partes”.

Cineastas

Las declaraciones de los cineastas no desconciertan a Gil, son grandes realizadores y pequeños intérpretes de la realidad nacional, sus opiniones están ligeramente por debajo de las muy respetables reflexiones de una ama de casa (observad la corrección política). Es comprensible, nuestros cineastas viven desde hace años fuera del país y, caramba, trabajan mucho y muy bien, ¿por qué habrían de ser analistas políticos?

Un momento. Que nadie se mueva de sus asientos, la película apenas comienza: ¿quiere esto decir que Gilga está en desacuerdo con ellos? No. Al contrario, Gamés está de acuerdo, lo que no le gusta es el aire en el amplísimo estudio de la superioridad moral, el olor suave y acre del patetismo mientras trabajan y merecidamente triunfan en Estados Unidos.

Gil siente algo parecido a la simulación. La emoción patética es enemiga del conocimiento (ción-ción). Pero el deseo de convertirse en un héroe civil es grande; de hecho, Gilga a veces lo siente y quiere pronunciarse, decir, pasar a la historia. Bien, señor Iñárritu, usted es valiente; señor Del Toro, tiene usted razón y además los tiene muy bien puestos. Ah, la simulación; ah, el falso y fácil irigote (fa-fa).

Pasa del Paso

El escritor Fernando del Paso desgarró sus vestiduras, tal y como lo cuenta Zepeda en su artículo de El País: “No es frecuente una crítica política tan acerva por parte de artistas y de intelectuales que han llegado a la cima del éxito”. Fernando del Paso tuvo un momento de gran intensidad: evocó casi con lágrimas a José Emilio Pacheco y habló de “nuestro pobre país”.

Aquí vamos, se les ruega tener a la mano pañuelos desechables: “dime, José Emilio: ¿a qué horas, cuándo permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se
deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico, la violencia?”.

Del Paso habla de algo que se deshizo en nuestras manos, luego entonces un día estuvo entero, completo. ¿Cuándo?, pregunta el corazón simple de Gamés, ¿cuándo México fue mucho mejor que en estos días oscuros? ¿En el sexenio de Felipe Calderón? Convengamos en que no es la respuesta correcta. ¿En el gobierno de Vicente Fox? Dios de bondad. ¿En los días del presidente Zedillo y el año de 1995? Diantres, está difícil que ese México sea mejor que éste. ¿En el México de Salinas?. Perdón, pero el año 1994 es uno de los más negros de la historia moderna de México. ¿El de Miguel de la Madrid? Por cierto: qué chavocha la chevecha. ¿En el de López Portillo y los mexdólares, la devaluación delirante, el de Durazo, el de la Colina del Perro? ¿O el de Echeverría y el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo, Ceestem, en el de "arriba y adelante"?

Bajar el telón

Del Paso tal vez nos pueda decir cuál de estos Méxicos se nos hizo polvo en las manos. ¿El de Lázaro Cárdenas? Con la pena, pero Del Paso no había nacido cuando el general Cárdenas tomó el poder.
Desgarrar las vestiduras sirve mucho cuando uno se encuentra al borde un break down nervioso, pero difícilmente suele ser útil para entender lo que ocurre en la realidad. Gamés se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y leyó el final del artículo de Zepeda: “(en México) En efecto: algo se quebró y no parece tener compostura”. Correcto, Jorge: ¿cerramos México? ¿Bajamos el telón? Si fuera teatro, se podría.

Con tanto rollo, Gil olvidó su flute con Henri Abelé y también que los viernes toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los meseros se acercan con las charolas, Gamés pondrá a circular la máxima de Jean de la Bruyére en el mantel tan blanco: “Cuando un pueblo se exalta es difícil calmarlo; pero cuando está tranquilo es difícil saber cuándo va a exaltarse”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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