Opinión

Desencuentro

    
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Mujer condiciendo

Manejaba distraída intentando atravesar, por tercera vez en el día, el gran caos de la ciudad. Hace tiempo que perdió la cuenta de cuántas horas pasa en el auto, pero hoy le trajo paz quedarse atrapada en el tráfico.

Lleva semanas pensando que la vida se le viene encima con tantos retos simultáneos; no deja de imaginarse renunciando a todo y desapareciendo del mapa. No, no ha pensado jamás en el suicidio, solo juguetea con la idea de otra vida en la que es menos neurótica, se ríe más y está menos cansada.

Ayer le dijo entre sollozos que no lo comprendía, que solamente pensaba en ella y en su agotamiento y que no se daba cuenta de que él sufría todos los días dudando de su talento, preguntándose si la vida tenía sentido, cuestionándoselo todo, con miedo a enamorarse, a que lo abandonen, aterrado del fracaso.

“El adolescente rechaza las identificaciones familiares porque no le sirve lo que viene del Otro. Ya no le valen consejos ni ideales prestados, pero comprueba que si se pelea, renegando de las identificaciones que vienen de su Otro familiar, se pelea con lo que le ha estado sosteniendo hasta ahora, lo cual le angustia por la perspectiva de quedarse sin soporte. El problema consiste en desatarse de la cadena que le une a su herencia familiar, sin perderla”. (Pedro de la Torre)

Han dejado de hablar. Ahora se gritan casi siempre. Ella le reclama que llegue tan tarde todos los días, que apenas termina de comer, se levanta de la mesa como si todos fueran fantasmas en su vida. Está enojada porque desde su lugar de divorciada, ha tenido que hacerse cargo de todo desde hace años. El padre de sus hijos se desentendió de todo tiempo atrás. “Yo tengo la culpa” dice ella, “porque siempre le mandé el mensaje de que podía sola, de que no lo necesitaba”. La verdad es que se siente sola y desprotegida. Intenta hacer esa maniobra imposible de ser madre y padre al mismo tiempo, pero solo puede ser madre y le duele como casi nada que sus hijos (casi) no tengan padre.

“A veces soy tan ridícula que quisiera regresar el tiempo y escoger otra pareja con quien hacer una familia. No me di cuenta de que él jamás tendría la generosidad para ser un buen padre. Yo misma no tuve un padre cercano, cariñoso, que me llevara de la mano por la calle, que me diera besos, que me consolara cuando la vida me maltrató. Tuve un padre duro, exigente, poco expresivo e intolerante. Y elegí mal al padre de mis hijos”.

Casi una hora y está por llegar a casa. Está aburrida de pensar en sus malas elecciones pasadas. Sabe que él tiene razón y que sin darse cuenta, se ha vuelto una madre insoportable, regañona e inaccesible. Encerrada en su pequeño drama, no alcanza a ver lo que él necesita de ella.

Lo encuentra en la cocina cenando, con rastros de haber pasado un rato de la tarde llorando. Le pregunta qué le pasa y él comienza a sollozar. Llora largo y desde muy adentro: le duele la lejanía de su padre pero también le duele necesitarla tanto y saber que ella es lo único que tiene en el mundo. Ella comienza a llorar también, lo abraza, le dice que lo ama, que no debe guardarse lo que siente, que ella está dispuesta a escucharlo siempre. Un abrazo prolongado abre una pequeña rendija de comunicación que había estado clausurada. El tiene miedo de quererla demasiado, necesita odiarla un poco, alejarse de ella y buscar otras figuras que imitar.

Amanece otro día, se siente más ligera y se va a trabajar pensando que el único sentido de la existencia es el amor y por lo pronto, ser la base firme que sus hijos necesitan para terminar de crecer. Sabe que la vida seguirá siendo igual de dura, demandante y cronometrada. Solo quiere intentar ser menos neurótica, menos quejumbrosa, más receptiva, menos enfocada en las dificultades, más agradecida por las cosas buenas que también experimenta todos los días.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

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