Opinión

Desencanto ciudadano

 
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El origen del ‘mal humor’.

Al mal humor que aqueja a la sociedad mexicana se suma el desinterés, la indolencia y la apatía. Nada parece motivar el mínimo entusiasmo social, ante los evidentes yerros u ominoso desempeño de actores políticos.

A medida que el desencanto y la frustración se profundizan en el ánimo colectivo, el cinismo y la desvergüenza parecen acentuarse en el accionar público, sin el menor recato ni rubor.

La ausencia de visión, la carencia de propuestas y las más inverosímiles ocurrencias con las que se pretende armonizar el intercambio social (pitos incluidos), son el espacio común y cotidiano en el actuar político de cualquier color y jerarquía, sea que se desempeñe un cargo público o que se suspire por él.

La contienda electoral que llega a su fin, opaca y sucia, como nunca antes, se ha caracterizado por la falta de oferta y sobre todo, por la mutua exhibición de las miserias de los contendientes, en la mayoría de entidades que tendrán elecciones o en la que se redactará una nueva constitución, lo que pone de manifiesto, por añadidura, la precariedad y ausencia de probidad de la clase política en su conjunto. Clase que integra un sistema decadente cuyo principal objetivo, parece ser, no el tan aludido bien común, sino la obtención y conservación del poder como vía de privilegio y extracción de jugosas rentas de una sociedad cada día más polarizada y empobrecida que se convierte así, en simple factor de producción de riqueza para unos cuantos.

Contrario al optimismo del discurso oficial, la evidencia muestra que vamos de mal en peor: Inseguridad, autoritarismo, impunidad, corrupción, opacidad, simulación.

La desconfianza y la incertidumbre social no sólo generan mal humor. Cuando se rebasan los límites de la cordura, de la frustración a la rabia social hay sólo un paso. Rabia que, la historia lo enseña, puede ser explosiva y letal.

El autor es catedrático de la Universidad Anáhuac México Norte.

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