Opinión

Desde la devastación al TLC

 
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Juchitán

La terrible devastación que ha sufrido Juchitán ha conmovido a México y vuelto a traer a la luz un sentimiento que tenemos a flor de piel, el de la solidaridad en la desgracia. Somos un pueblo piadoso cuando tenemos que ayudar al prójimo. Así hemos crecido desde la conquista y nos lo dice la religión que profesa la absoluta mayoría.

La resolución del Gobierno Federal de reencausar cualquier recurso y esfuerzo que pudiera haberse encaminado a socorrer a extranjeros en estado de necesidad -no por falta de sana oficiosidad en el apoyo internacional que debe de imperar, pero sí por una adecuada superposición de nuestro patriotismo-, tiene que verse como una decisión acertada, pues es un buen ejemplo sobre cómo también, para nuestros gobernantes, México debe de ser primero.

Lo curioso de todo es que los problemas y los infortunios que la naturaleza coloca en el camino son un triste pero adecuado ejemplo de las acciones que nuestra sociedad debe emprender para convertirnos en un país desarrollado.

Encuentro similitudes en lo que atravesamos en el campo de los fenómenos geológicos y la negociación del Tratado de Libre Comercio, la necesidad de ser proactivos y asertivos en la toma de decisiones, para revalorar y posicionar al frente aquello que sólo a nosotros y por nosotros mismos debe interesarnos: México. Así como a ninguna dirección volteamos para reconstruir Oaxaca, debemos entender que no tenemos por qué voltear para resolver nuestros problemas de empleo y bienestar.

Observo con atención la extrañeza que algunos periodistas comparten, sobre el silencio que Donald Trump ha mostrado ahora que la desgracia nos aborda, que contrasta con la sonoridad del ofrecimiento hecho por el Presidente EPN hacia los EEUU, la semana pasada que el huracán Harvey azotó Texas.

No me parece raro, el presidente norteamericano ha venido demostrando muy claramente cuál es su jerarquía de intereses desde hace más de un año, y ante catástrofes que arrasan a dos de las más importantes ciudades de su país, lógicamente ha situado en su más alta posición de prioridades a sus propios conciudadanos. ¿Acaso no deberíamos de pensar en hacer lo mismo?

Lo interesante del caso es que todas estas circunstancias convergen en un momento crítico por el que estamos ciertamente preocupados: la renegociación de nuestros acuerdos comerciales. ¿Qué va a pasar con el TLCAN?

Nadie lo sabe con certeza, porque el proceso de modernización del Tratado es difuso, pero una cosa sí es clara, no puede descartarse en absoluto la posibilidad de que, en un futuro cercano, el arreglo y los privilegios arancelarios se terminen. El Presidente Trump anunció que abandonaría el Acuerdo París sobre cambio climático, y lo hizo; señaló también que acabaría con el plan de salud del Presidente Obama, y lo hizo; fijó muy claramente su posición con relación a DACA, y la cumplió; dijo que construiría un muro con México y acabaría con NAFTA, y a mí me queda claro que, de un modo u otro, podría llegarlo a cumplir.

Eso no significará que México se acabe, como algunos especuladores del mercado lo quieren hacer ver, porque nuestro país ya existía y gozaba de importancia mundial desde antes de 1994, pero sí vendrá a significar una fuerte llamada de atención para catalogar prioridades, ante lo que puede ser un descalabro económico que provoque un retroceso que deberemos superar en un par de años.
Las enseñanzas de Juchitán deben constituir un claro ejemplo de lo que nuestro país debe realizar para enfrentar el fin del TLCAN. Al final de las cosas, estos 23 años han sido un proceso de un gran aprendizaje que ha revelado nuestra capacidad para ser parte de un modelo económico global que demanda alta competitividad.

Es un buen momento para entender que el modelo que nos permitió tener una balanza comercial superavitaria con el principal mercado del planeta, no está sujeto a la temporalidad del acuerdo comercial, y sí se cifra en nuestra capacidad productiva, en nuestra organización y disciplina, factores que habiéndose materializado tan profesionalmente en muchos sectores de la economía, permanecen ausentes y lejanos en otros ámbitos de nuestra vida nacional, como el de la política.

Deberemos entender que mientras en México no exista un verdadero cumplimiento del derecho y respeto por las instituciones, seguiremos manteniéndonos en el grupo de países en el camino del desarrollo, que jamás lo alcanzará.

Con la potencial culminación de esta época de confort, se asoman a la puerta desafíos que se deben ver como auténticas oportunidades. Si estamos siendo sujetos de desprecio por un pueblo a cuya economía nos hemos afianzado, es porque no hemos demostrado contar con aquellos factores que nos permitirían seguir siendo parte del club al que durante estos años nos concedieron acceso.

México debe convertirse en un oferente de 120 millones de individuos con capacidad de compra, con educación y conciencia, con organización y respeto por el derecho, con amor por su identidad, su historia y sus instituciones.

La construcción de ese muro de la ignominia obedece a que somos vistos como un país sumido en el desorden y la corrupción, un país que exporta individuos impreparados, delincuentes y droga.

La condescendencia concedida por nuestros vecinos del norte y socios comerciales a visitantes de oriente, como Japón, o de medio oriente, como Israel, nos deben llevar a entender que el problema racial sólo corresponde a una parte minoritaria de su población, y que la divisoria se dibuja, realmente en donde hace falta la educación y empieza la pobreza. 

Twitter: @Cuellar_Steffan

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