Opinión

Descortesía

10 febrero 2014 4:51 Última actualización 26 agosto 2013 5:10

 
Gerardo René Herrera Huízar
 
 
La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral. José VasconcelosQuienes se indignan ante la actitud soez, violenta y abusiva de un “pequeño contingente” de sacrificados mentores, acampados precariamente en la principal plaza pública de este país, sufriendo privaciones y la rudeza de los meteoros, caminando durante horas y horas por esta peligrosa ciudad a merced de los elementos, con un inaudible megáfono guía y el ininterrumpido estruendo de sus protestas a coro, quizás no sean conscientes de lo que aún les falta por padecer.
 
 
La acción disruptiva que ha  soportado la sociedad capitalina durante los últimos días, producto de la movilización de la disidencia magisterial, no es otra cosa que la expresión recurrente de la decadencia de nuestra cultura política, construida, precisamente, en base a la agitación gremial como herramienta de presión y vehículo para la obtención y mantenimiento de prebendas políticas y privilegios de diversos sectores, disfrazados en la retórica despistada de la lucha social por la defensa de sus históricos derechos laborales.
 
 
La revolución, no hay que olvidarlo, hizo justicia en su momento a gremios como el magisterio, a sectores agrupados en grandes conglomerados sindicales, que se tradujeron en poderes de hecho, con peso específico en las decisiones de los gobernantes mediante el control de sus agremiados, en base a los cuales sustentaron su ascendencia sobre el poder formal y este el control social y el respaldo electoral a través de sus líderes.
 
 
Los cambios de tendencia ideológica en los diferentes gobiernos y la alternancia, poco hicieron para transformar esta dinámica, más bien se han montado sobre ella a modo,  en función de la negociación más conveniente, sólo que los tiempos  cambian y los enanos crecen.
 
 
Los mecanismos de control corporativo de antaño se han trastocado y la demanda social abierta, no gremial ni cooptada, se acrecienta exigiendo a las autoridades acción efectiva. Este es el caso de los miles de citadinos afectados por el bloqueo de los accesos al aeropuerto, amén de otras importantes vialidades, que parece haber tomado por sorpresa al gobierno del Distrito Federal, generando un caos mayúsculo y poniendo en riesgo la operación de tan importante instalación estratégica. La amenaza no fue cumplida, pero la manifestación de fuerza de la disidencia fue efectiva.
 
 
La insolencia de la turba que se autodenomina docente, no radica, sin embargo, en la movilización, ni en la afectación del orden vial capitalino. La  verdadera ofensa se encuentra en la agresión terrible que se sigue cometiendo impunemente contra la niñez de esta nación, que se traduce en la agresión misma a la nación del futuro que en teoría estamos forjando. El capital social no es espontáneo, cada generación está obligada a dar sustento a las venideras y es responsabilidad absoluta del estado generar las condiciones indispensables para ello mediante una armonización eficaz del orden social presente y futuro. No sólo con luz o gasolina más baratas, sino con la verdadera energía que conduce a una sociedad al progreso: la educación de calidad. El escrupuloso cuidado de ella debiera ser la verdadera prioridad estratégica nacional y no un simple recurso de presión o negociación política.
 
 
Es grave que una ciudad quede secuestrada recurrentemente por intereses particulares, es grave que una sociedad sea rehén de ellos, pero lo verdaderamente aberrante es que generaciones enteras de una nación vean enterrada su mínima expectativa de futuro desde la más tierna edad por vicios estructurales y compromisos  heredados que no dan señales de corrección
 
 
Por lo pronto, la autoridad capitalina, clásica anfitriona de los disidentes, se muestra prudente, su educación le impide, a pesar de los excesos de sus huéspedes, potenciales electores, cometer con ellos cualquier descortesía.
 
grhhuizar@gmail.com