Opinión

Desconfianza

10 febrero 2014 4:21 Última actualización 07 octubre 2013 5:2

 
Gerardo René Herrera Huízar
  
Paulatinamente la emergencia provocada por la fatídica pareja de ‘Ingrid‘ y ‘Manuel‘ va quedando atrás, sus secuelas y las heridas abiertas en una gran cantidad de comunidades serán abrigadas por el polvo del tiempo que todo lo mitiga.
 
 
Retornamos  a la realidad y a la dinámica que por el momento aciago que vivimos pareció quedar en suspenso en las prioridades de la agenda política. Se reactiva la discusión sobre las reformas que, de acuerdo con la postura oficial, son indispensables para México. La oposición a que se enfrentan las iniciativas gubernamentales, particularmente la energética y la hacendaria, en la clase política por un lado y en el sector empresarial, por el otro, debe sin duda, haber sido prevista por el ejecutivo, confiado en que el llamado Pacto por México haría más tersa la negociación y allanaría el camino reformista.
 
 
La argumentación encontrada de las partes, soportada con una intensa campaña en medios y mesas de discusión entre expertos, hasta el momento no ha sido lo suficientemente eficaz para convencer a la ciudadanía de los beneficios futuros que las medidas planteadas traerán para el bienestar de los mexicanos. En principio, porque no se han expresado con claridad en qué consistirán estos.
 
 
Más allá de la discusión cupular de los temas entre la clase política sobre los pros y los contras de las reformas estructurales, lo que subyace es un ánimo social de incredulidad, un sentimiento colectivo de desconfianza, que es producto de la experiencia dolorosa de épocas recientes en que la ensoñación embriagadora del primer mundo prometido ha culminado en caóticos despertares de consecuencias generacionalmente trascendentes.
 
 
Las lecciones y las lesiones que nuestra historia reciente ha impreso en la memoria social rebasan en longevidad administraciones y alternancias, con la natural y consecuente producción de acendrados escepticismos a las triunfales promesas de bienestar y progreso infalible, de beneficios futuros y vidas color de rosa.
 
 
Las actuales generaciones de mexicanos han testificado, al menos durante las últimas cuatro décadas, toda suerte de errores de cálculo, proyectos fallidos y hasta abiertos engaños que han lesionado su vida, patrimonio y expectativas. Han presenciado el surgimiento de grandes fortunas privadas de “clase mundial” a las que se ha correspondido la pauperización de amplios sectores sociales. Ante la experiencia, la inocencia del mexicano es cada día menor y su desconfianza creciente.
 
 
La legitimidad de un gobierno se logra fundamentalmente por el respaldo social a sus decisiones, por la aprobación colectiva y el reconocimiento de su capacidad de dirección de los destinos comunes. Ello sólo es posible con la generación de resultados de signo positivo y con la oferta concisa de los beneficios esperados.
 
 
De todos los lastres heredados por la actual administración, el más pesado puede ser el de la credibilidad social. Ante ello es obligada la reconceptualización de los modos de ejercer el poder en todos los ámbitos, más aún cuando el monopolio gubernamental va dejando de serlo y a la esfera de lo público se suman actores internos y externos de gran capacidad de influencia en las decisiones, antiguamente verticales y autónomas.
 
 
La confianza ciudadana en su gobierno, en una sociedad cada vez más líquida y actuante, es condición fundamental de estabilidad, armonía y progreso, sin ella, cualquier propuesta, cualquier decisión, por más loable, puede sumarse a la larga lista de buenas intenciones.