Opinión

Descifrando el empleo

 
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Fachada de las oficinas del IMSS en Reforma. (Cuartoscuro)

Ya están los datos del último trimestre de 2015 de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI. Más allá de la tasa de desempleo, sobre el cual suele centrarse el análisis, la ENOE nos da mucha información sobre el mercado laboral del país. Hay datos de informalidad, cifras que nos hablan de la equidad de género, de la población que necesita trabajar más horas y de las diferencias que se viven al interior del país. Si contrastamos esta información con datos de otros organismos como la OCDE y el IMSS, podremos tener un panorama más completo de la situación laboral mexicana.

Querétaro, el estado que más está creciendo, tiene una tasa de desocupación de 4.6 por ciento, por arriba de la nacional, de 4.2 por ciento. Pero no es de extrañar que en los estados en los que la población se encuentra ubicada principalmente en las ciudades se tenga una tasa de desocupación mayor. Hay que recordar que para ser considerado desocupado se debe estar buscando activamente empleo. Guerrero, en el otro extremo, tiene la tasa de desocupación más baja del país. Solo 2.1 por ciento de su población, 30 mil 388 personas no tienen empleo y están buscando.

Vinculando los datos de desocupación con algunas cifras de informalidad encontramos información interesante. A nivel nacional, el mercado laboral informal representa 58.2 por ciento de la Población Económicamente Activa, es decir, más de 30 millones de personas.

Guerrero, el estado con el menor desempleo, tiene a 83.4 por ciento de su población ocupada en actividades del sector informal. En el otro extremo está Nuevo León, con una tasa de desocupación menor a la nacional y 36.3 por ciento de los ocupados en el sector informal.

La informalidad es uno de los mayores problemas que aquejan al país. No creo que tenga una solución fácil. De alguna extraña manera el sector informal en México es muy formal. El puesto de comida en la calle, que se roba la luz y el agua, es informal, pero probablemente lleva en el mismo sitio años. A nadie extraña la informalidad, la vemos todos los días y a todos los niveles. Pero la informalidad es costosa, no sólo en términos de recaudación perdida, sino en productividad. El sector informal tiene poco acceso a crédito, no tiene acceso a seguridad social, su escala está limitada por su naturaleza. Ya ni hablar de derechos laborales o de capacitación. El 58.2 por ciento de la población ocupada lo hace en el sector informal, sin embargo, estos 30 millones de trabajadores sólo producen 23.7 por ciento del PIB nacional.

También hay informalidad en el mercado laboral formal. Ojalá hubiera información sobre cuánta gente está inscrita en los sistemas de seguridad social con un salario menor del que realmente perciben, un sueldo “ficticio” como base de cotización, al cual se suman bonos o compensaciones que no cotizan en el seguro. Esto no es exclusivo del sector privado, es también una práctica engañosa del sector público.

La administración actual anunció hace un par de años un programa de formalización del empleo, que se relanzará este año, consiste básicamente en exenciones fiscales en los primeros años y campañas mediáticas promoviendo los derechos a los que podrían tener acceso como los créditos para vivienda del Infonavit. Para medir su impacto se usa el número de empleos formales registrados en el IMSS, con las consideraciones y ambigüedades que ello implica. Durante 2015 se registraron 644 mil 446 empleos formales. Pero para ver más allá del carácter de formalidad del empleo, veamos los salarios que pagan estos empleos.

De los 641 mil 176 empleos que reportaron su nivel salarial, tenemos que 509 mil 623, es decir casi 80 por ciento, ganan entre uno y cinco salarios mínimos. El empleo formal que se está creando es de poca calidad.

Recordemos que los mexicanos somos, dentro del grupo de la OCDE, los que más horas trabajamos: dos mil 228 horas anuales. También dentro de la OCDE, México es el país con menor productividad. Es decir, el que trabaja más, pero es menos productivo.

Se habla de los bajos salarios, pero perdemos de vista el vínculo entre productividad y salario. Tenemos bajos salarios por una mala preparación de la fuerza laboral y una pésima calidad educativa. Por supuesto que hay excepciones, sí se están creando hubs de investigación y desarrollo. Si queremos pagar mejores salarios, deberíamos mejorar, ya, con carácter urgente, la calidad educativa. Ese es el único camino.

La autora es profesora de Economía en el ITAM e investigadora de la Escuela de Negocios en Harvard.

Twitter:
 @ValeriaMoy

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