Opinión

Desaparecidos entre los desaparecidos

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La Bestia es usado es abordado por miles de migrantes. (Cuartoscuro)

El hombre es joven, fuerte. En círculo, pasa del abatimiento al enojo, y de allí a la indignación, a la tristeza y luego, otra vez, al abatimiento.

Es de Honduras y ha decidido presentarse voluntariamente en la estación migratoria de Iztapalapa. Cansado, con la rodilla atrozmente inflamada, vencido, hoy no ve otra salida que entregarse.

Días antes, el 13 de enero, estaba llegando a Celaya sobre el techo de un tren, cabalgadura de hierro, liberadora y mortal. El tren se frenó de pronto. Alguien había levantado los rieles, alcanzó a ver. ¿O qué era eso que se erguía frente a la máquina?

Al abordaje, piratas de tierra, subieron más de 10 hombres armados con machetes. Asalto de cielo y nubes a mitad de camino. Lo hicieron quitarse las botas, regalo de su tía. Para el viaje, hijo. Él llevaba botas en una travesía de tenis, zapatos destrozados o pies descalzos. No se opuso. Había visto que a un brasileño, que no quiso soltar su mochila, lo habían macheteado. No tengo bronca, está bien. ¿Pero qué me ves, cabrón? No, nada, no tengo bronca. Lo golpearon y lo arrojaron desde el techo. Cayó, se levantó. Se dio cuenta de que la rodilla le dolía. Guerrero del camino, caminó, corrió, huyó.

Llegó a una gasolinera, noche ya. Una señora le preguntó y él contó. No te puedes quedar aquí. Mi esposo es trailero. Si quieres, mañana vete con él. Va hasta Torreón. No es la frontera, pero te acerca. A las orillas de la ciudad, al atardecer, el trailero le indicó por dónde debía irse para encontrar las vías.

La rodilla cada vez más inflamada, vio a un grupo de 20 o 25 migrantes que, entre matorrales, esperaban el paso del tren. Se acercaba cuando vio llegar dos camionetas, de las que bajaron hombres vestidos de negro y armas largas, el rostro con pasamontañas.

Los migrantes intentaron escapar, pero los delincuentes los persiguieron. Atrapaban a hombres, mujeres y niños. Los jalaban del cabello, los sometían a golpes. Los arrojaban hacia las camionetas como objetos.

Él corrió hacia atrás, donde había visto una tiendita. Su aspecto era tal, reconoce, que entiende por qué la señora del negocio le dijo que se largara. Salió otra vez. A la distancia, pudo ver que los hombres de negro terminaban su tarea, las camionetas llenas. Se fueron.

Se fue él también. Hecho para la sobrevivencia, logró llegar al albergue de Huehuetoca, donde ya había estado en su paso hacia el norte. No te puedes quedar, le dijeron, ya pasaste por aquí. No puedes quedarte dos veces. Es el reglamento.

De vuelta al camino, una doctora de Médicos Sin Fronteras lo alcanzó. Lo curó como pudo. Traes la rodilla destrozada, le dijo, cuídate.

La pierna a punto del colapso, llegó a Iztapalapa.

Los ojos húmedos, piensa en su rodilla, en su familia, en la posibilidad de volver a hacer este camino imposible. Pero piensa más, dice, en aquellos 20 o 25 migrantes que hombres de negro, violentos, armados, insensibles, se llevaron a quién sabe dónde y para qué.

¿Los matan?, pregunta. ¿Los venden, los reclutan, los explotan? Todo eso, pienso, pero le digo que no. Finjo una certeza que no tengo: seguramente pedirán rescate por ellos, sus familiares pagarán, los liberarán.

Cuando el joven hondureño se aleja, cojeando, me doy cuenta de mi absurdo intento de darle un amargo consuelo. Sus preguntas eran más certeras que mi respuesta, lo sé. Sí, es probable todo: que los recluten, los vendan, los exploten, los maten. Sin que nadie los cuente, los reclame, hable por ellos, no serán siquiera un número. ¿A cuántos más se están llevando ahora mismo?

Evaporados, serán nada, desaparecidos entre los desaparecidos.

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