Opinión

Derrotas históricas

 
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Atentado Bruselas

Uno. “Para mí, no ofrece duda que lo que Europa propiamente tiene, aquello que de verdad y en acto posee, es un repertorio de problemas”, escribió, en los cincuentas del pasado siglo, Julián Marías, pensador tan español como europeo.

Y añade, que es, por tanto, menester, reivindicar “el sistema de los problemas europeos como nuestro bien común”.

Lejos estaba, a la sazón, la integración europea a la que después se llegaría. Y que ahora se intenta dinamitar.

Dos. Lo ocurrido, primer en París (y antes en Londres y en Madrid), después en Bruselas, traduce el fracaso de Occidente frente a Oriente.

Si Europa es la trabazón grecolatina y cristiana, mediterránea, liberal y pluralista, y el Islam, su rostro terrorista, un monoteísmo fanático de cimitarra y desierto, la balanza se inclina, por ahora, del lado islámico.

Argumento irrebatible: me embarro de explosivos, busco un lugar tumultuario, y ayunto inmolación y masacre de inocentes. ¿Qué argumento de razón oponer, cómo demonios construirlo?

Tres. ¿Moros contra Cristiano? (y viceversa). No. Moros-Cristianos. Británicos asesinando británicos, franceses a franceses; belgas a belgas.

Y ya vendrán, sin bastar, las explicaciones lanzadas en río revuelto: marginación, juventud sin futuro, fracaso del Estado de Bienestar, lumpen-proletariado, los últimos que se alzan primeros en el acto de matar.

Cuatro. Largo fue el camino a la Comunidad (República) Europea.

Atestigüé, y di constancia de ello en mi diario londinense, la renuencia isleña a incorporarse al proyecto continental.

Pero a la España post-franquista le brindó un horizonte ubérrimo (a costa, es cierto, del olvido del pasado).

Desaparición de fronteras nacionales. Europa patria común de alemanes, franceses, ingleses, españoles, italianos, británicos, belgas.

Eurocomunismo (de breve pero trascendente vuelo). Euro-diputados. Investigación científica compartida. Europa.

Cinco. Para que kamikazes anónimos, anónimos per ser y para siempre, detonen explosivos preñados de tornillos. Durísima lección cargada de cadáveres, heridos, mutilados, daño y símbolos.

Visto el fracaso de las soluciones, no queda otro camino que el de la formulación, igualmente brutal, de los problemas. Allá y aquí.

Seis. Aquí. Me pregunto qué fue de los afanes dialécticos de Independencia, Reforma y Revolución. Y no me refiero a la mascarada democrática, fuente impune de carteles políticos: ni a las machaconamente mentadas reformas estructurales que hacen agua por todos los costados.

Hablo de la idea de Nación Mexicana. Ancestral, autónoma, laica, redentora. Nuestro “repertorio de problemas” diría Marías.

Siete. En verdad, no todo son elecciones de gobernantes ya lastrados por la ilegitimidad, tropelías del manda-menos de Veracruz, y tiros al aire de un arzobispo primado de México que imagina medir armas con el Vaticano.

Solamente porque Francisco llamó a los prelados coreografía del poder político.

¿Mal informado el Papa? ¡Por todos los santos!

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