Opinión

Democracia y violencia

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Donald Trump tuvo que cancelar un acto  en Chicago por enfrentamientos. (Reuters)

Seguramente sabe usted que el viernes Donald Trump canceló un evento en Chicago por un brote de violencia entre sus seguidores y manifestantes opositores. Muchos se han preguntado si esto beneficia o daña a Trump en sus aspiraciones presidenciales, pero me parece que eso no es relevante. Lo que importa es que la violencia daña a todos, eclipsa la política.

De un lado del espectro, se dice que Trump cosecha lo que ha sembrado, después de meses de violencia verbal, racismo, matoneo que en los últimos días ya se había manifestado en pequeños momentos de violencia física en sus mítines. En contra de algún opositor ahí presente e incluso en contra de reporteros. Del otro, se dice que lo de Chicago se trató de un acto concertado para impedir el desarrollo del mitin de Trump. No sólo los opositores gritaban “Bernie, Bernie”, sino que durante el fin de semana se hizo pública la organización de estudiantes negros, latinos y musulmanes con el fin de impedir el mitin (LA Times). Más aún, Chicago tiene gran tradición de activismo, no olvidemos que Obama creció en esa ciudad, dedicado a esa actividad.

Como ocurre con frecuencia, cuál de las dos posturas se defiende depende mucho de cuál era la opinión previa sobre Trump. Quienes lo consideran un líder político independiente, que abre camino a una rebelión ciudadana contra el poder, están convencidos que se trató de un ataque a la libertad de expresión y de reunión política. Quienes creen que Trump es un peligro, un ególatra vanidoso con grandes habilidades mediáticas y sin la capacidad de controlar las fuerzas que está despertando, aseguran que no es más que lo esperable dada su trayectoria.

Me parece que evaluar lo ocurrido en Chicago a la luz de la personalidad de Trump es un error. Este columnista está convencido de que Trump es un farsante que dice lo que cree que sus seguidores quieren oír, que no tiene ninguna idea clara acerca de lo que significa la política, ni la presidencia, y que su egolatría, vanidad y vacío emocional lo convierten en un peligro para todo el mundo, y no sólo Estados Unidos. Sin embargo, también estoy convencido de que hay una organización detrás de quienes protestan en los mítines de Trump, y hay evidencia de ello, como le decía.

Esto significa que la polarización del discurso se ha transformado en un riesgo físico. Es un proceso de polarización que inició con la crisis de 2009, con el abuso de la relación entre políticos y financieros de un lado, y la manipulación ideológica del otro. Fue escalando con el bloqueo de los republicanos y la política marrullera de Obama, con la parcialidad mediática y el activismo intelectual, y ha sido la aparición de personajes prácticamente antisistémicos, como Trump y Sanders, lo que lleva el proceso a punto de ebullición.

Nada de esto debe sonarle extraño: la crisis de 1994, con el abuso de la relación entre políticos y financieros de un lado, y la manipulación ideológica del otro, seguida por el bloqueo del PRI y la incapacidad de Fox, la parcialidad mediática y el activismo intelectual, nos dieron un personaje antisistémico. Luego, meses de parálisis política y años de parálisis legislativa, debilitamiento del Estado, crecimiento de actores extraestatales, que al menos nos han hecho perder varios años.

La violencia verbal, como herramienta de polarización para ganar elecciones, suele ser muy dañina para la democracia. El ánimo de linchamiento de la población no requiere demasiada ayuda para intentar acallar a quienes piensan distinto. Sin importar de qué lado del espectro lleguen, estos líderes ególatras y carismáticos son un peligro para la democracia.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

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