Opinión

Democracia ¿para qué?

 
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Material electoral. (Instituto Nacional Electoral)

La democracia no sirve para crear riqueza ni para salir de la miseria.

“No nos dará la felicidad ni la virtud”, escribió Octavio Paz. Con la democracia no desaparecen corrupción, injusticia, violaciones a los derechos humanos, criminalidad, ni nuestras oceánicas desigualdades.

No pocos están desencantados con ella porque no es capaz de resolver “los verdaderos problemas del país”.

El malestar se extiende a los actores de la democracia: los políticos (“rapaces, tontos, ineficientes”), los partidos (“no se ponen de acuerdo”, han entronizado “la partidocracia”) y, en suma, al Estado (fuente de nuestros males, en contraposición a la intachable y siempre virtuosa sociedad civil). Sólo el 19 por ciento de los mexicanos se encuentra satisfecho con la democracia, según el informe más reciente de Latinobarómetro.

Democracia, ¿para qué? Para elegir quién nos gobierna y como mecanismo para transmitir pacíficamente el poder. No es poca cosa. Arribar a la democracia implicó un largo y arduo proceso. Fueron necesarias seis reformas sucesivas que transformaron de raíz nuestro sistema político, que pasó de ser una pirámide autoritaria a una democracia incipiente, todavía defectuosa, pero real, cuya mayor riqueza estriba en su pluralidad. Contra aquellos que dicen que la transición a la democracia “no ha concluido, se extravió, nunca fue”, que todo sigue igual, se enfrenta José Woldenberg en su más reciente libro: La democracia como problema (El Colegio de México, UNAM, 2015).

Woldenberg nos recuerda su fragilidad. Su pervivencia no está garantizada, dice, “no sería el primer caso de una democracia fallida, abortada”. Sus raíces no son profundas. Cierto es que en el horizonte no se distinguen alternativas. “No existe una corriente de opinión medianamente significativa que no se reivindique como democrática”.

Nadie en la arena pública aboga por el autoritarismo, la idea de suspender elecciones suena a locura. En España, a los pocos años de su transición, el esperpéntico coronel Tejero secuestró al Congreso y al presidente, poniendo a prueba la democracia. La sociedad toda, comenzando por el rey, salió a defenderla. Eso cohesionó a los españoles en torno a lo que habían conquistado (aunque por estos días tiendan a olvidarlo). Por fortuna, no hemos padecido semejantes asonadas. Son otros peligros lo que nos acechan.

Para José Woldenberg, el mayor corrosivo de la democracia es la desigualdad. Nuestra transición coincidió con un extendido periodo de estancamiento. La falta de crecimiento económico suficiente en los últimas tres décadas es quizá, dice el autor, “la fuente de descontento más poderosa”. Si a ello le sumamos la corrupción, la impunidad, la falta de oportunidades, la violencia endémica, la justicia sólo para los privilegiados, la situación se transforma en caldo de cultivo óptimo para el surgimiento de redentores de todo tipo, de los de viejo cuño (López Obrador), de los más recientes (El Bronco) y de los que están por venir arropados bajo el manto de las candidaturas independientes.

La situación actual es inestable. Vivimos un estado de permanente desconfianza. Hay quien considera que todo (el huracán Patricia, el robustecimiento de la industria automotriz, la evaluación de los maestros) es un engaño. “Ojalá –dice Woldenberg– no nos arrepintamos de estar dejando tan desprotegida a una democracia naciente”.

¿Qué hacer? Woldenberg propone una reforma social del Estado. Otros consideran que la salida se encuentra en fórmulas productivas desde abajo apoyadas con microcréditos. Están los que creen que la prioridad es acortar la brecha de la desigualdad y los que piensan que la opción estriba en crear riqueza, no en redistribuir la existente. Todos, me parece, podemos coincidir en un punto, antes de que nos arrastre el populismo de derecha o de izquierda: lo primero es instaurar un verdadero Estado de derecho; un nuevo pacto social en el que concurran gobierno y sociedad, medios y organizaciones sociales, que obligue a la autoridad a no vacilar en aplicar la ley, y a los ciudadanos, a cumplirla.

Twitter:@Fernandogr

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