Opinión

Democracia a prueba

 
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Donald Trump

Hace un año el mundo se sorprendía ante la llegada a la presidencia de Estados Unidos de un multimillonario ignorante, bravucón y prepotente, capaz de derrotar en las urnas a una personalidad política como Hillary Clinton. Con un discurso populista, antiliberal, antiinmigrante y profundamente racista, el electorado rural, de los suburbios y sin educación superior, llevó a la Casa Blanca a un personaje que representaba un caso hipotético presentado a los alumnos de la carrera de leyes en cualquier universidad norteamericana.

¿Qué pasaría si los ciudadanos de un país democrático como los Estados Unidos eligen como presidente a un aspirante a dictador, que intente socavar las bases legales de la república desde el Poder Ejecutivo? El debate iba desde el derecho a la rebelión por parte de la sociedad, hasta la capacidad de las instituciones de resistir los embates del potencial autócrata. Y es precisamente este último argumento el que dejó de ser teoría para convertirse en realidad durante el primer año del gobierno de Trump.

Jueces federales y estatales, la propia Suprema Corte de Justicia y organismos autónomos como el FBI, el fiscal general y los fiscales estatales, así como el Congreso y sus comisiones, y una prensa seria y profesional que no se dejó intimidar por el Ejecutivo, fueron parte central de la institucionalidad democrática de Estados Unidos que impidió al megalómano arrasar con el Estado de derecho e instaurar un régimen autoritario sobre las ruinas de más de 240 años de vida independiente. Democracias en Europa, como la alemana previa al nazismo, o la surgida en la república española, sucumbieron ante la plaga autoritaria.

La historia de las democracias latinoamericanas es, en muchos casos, la del dictador populista que aprovecha la debilidad institucional del sistema para llegar al poder por la fuerza o por los votos, y desde ahí construir un régimen sin leyes ni contrapesos que le permita al caudillo permanecer en el poder el mayor tiempo posible. El costo de regresar a la democracia institucional y al goce de las libertades individuales es siempre muy alto y en ocasiones imposible de pagar, como se presenta en el caso venezolano, donde el populismo ha destruido al Estado y a la propia sociedad, en algo que parece imposible de reconstruirse durante largo tiempo.

El resultado de las elecciones en Virginia y en New Jersey la semana pasada, donde los demócratas arrasaron en toda la línea, es una muestra patente de la reacción de ese electorado que hace un año no salió a votar por indiferencia o rechazo a la figura de Clinton, y que ahora superó por mucho a las bases republicanas ligadas a Trump. Los ciudadanos, amenazados por la posible desaparición del Obamacare y por el discurso primitivo del frustrado aspirante a 'hombre fuerte' de Estados Unidos, reaccionaron masivamente. Las luces rojas se han prendido en el Partido Republicano, hasta ahora subordinado a la voluntad de un presidente que, aun con baja aprobación, les garantizaba el triunfo electoral.

Estos comicios les han abierto a los demócratas el camino de retorno hacia su electorado tradicional, recuperando también sectores apartidarios que vieron en Trump un cambio frente al político clásico, pero que en un año se dieron cuenta del error que representa elegir a un inepto al frente del país más poderoso del planeta. Las instituciones respondieron con efectividad ante la amenaza autoritaria, pero también la sociedad norteamericana que finalmente reaccionó organizadamente y, a través del voto, comenzó a decir no al proyecto suicida que pretendía y aún lo intenta, destruir la riqueza cultural y económica de un país de inmigrantes que demostró, a lo largo de su historia, que la democracia es la mejor forma de vida.

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